Martha veía novelas tarde y noche. Martha con h intermedia (como en la cédula, repetía siempre). Veía novelas para llenar de historias el arte que aprendió en las tardes de abuela, zaguán de finca y mecedoras. En las pausas comerciales observaba sus manos ágiles manipular las agujas tejer feroces como si no pudieran detenerse. Martha vivía sola, contaba 51 años, no tenía familiares conocidos y pocas veces abandonaba su casa más que para abastecerse de comida y hacer alguna diligencia obligatoria. Así vivía.
Érase una almojábana
Érase una almojábana devenida pandequeso. Única entre la parva, ganose un lugar en lo más visible de la vidriera; gloria fue su vacío así. Mojicón, rosca y pastelito desmigajados de envidia. Levadura que no leva dura el ancla que a la tierra le sostiene. Campos de trigo, soles de media mañana. De lo alto mirase un pan envuelto de hace ocho días; verde de celos ancianos como los bizcochos primos que tras él esperaban el desahucio. El pandequeso recién nacido era una rareza más entre piezas de harina envejecida por abandono. Érase un pandequeso que antes almojábana fue.
Tengo de palabras lleno el saco
Tengo de palabras lleno el saco.
Largas, cortitas, dulces, ariscas,
francas, finas y puntiagudas.
Tengo pronombres, adjetivos y adverbios,
mas de verbos la escasez se nota.
Conjugar justo en horas de sueño,
el salto del pluscuamperfecto, la duda del subjuntivo.
Denotan y connotan, viven,
arman festines de interpretación.
Entonaciones al ritmo de la intención,
velos que son llevar, traer, indecisión.
Son delación involuntaria,
o simple asumirse animal simbólico.
Honestas, falsas, verdades a medias,
son lo que son, y al revés ya no.
Que acarician los labios, y muerden la lengua,
las hay tan frías que los dientes tiemblan.
Te dejan sin aire en el trabajo de parto,
te cargan de vuelta, te llevan de viaje.
Tengo fonemas ordenados al azar,
que bordean la lógica, que marcan el paso.
Son el capital del nómada,
acerbo del ajeno huraño.
Juegos y danzas con ritmo propio,
rebelde grafía de la inconstancia.
Voy de la euforia al desahucio,
tengo de palabras lleno el saco.
Despuntado
Sin punta, mutilado, de amarilla piel sollozaba el lápiz. Vivía acongojado por los trazos, hoy difusos, que fueron huella de sus coreografías. Los tiempos del vigor, del cuerpo firme, del borrador intacto. Se crispaban los nervios en el abrir del estuche cerrado por una cremallera tan vieja como el grafito en su entraña. Raído un extremo, por la ausencia del otro le llamaban Despuntado.
La técnica avestruz
Me dices que alguna vez percibiste cómo al contacto de tu piel con el agua de la piscina podía verse el vapor emanar de la superficie, mientras en el fondo, rubicunda y confundida, pensabas en un plan para evadir el resto de tus días lo que acababas de descubrir. A propósito del clima. Eso lo dices mientras sonríes, y tus ojos parecen irse de paseo a ese tiempo en que imagino la misma figura, el mismo ímpetu, la misma resolución en las palabras. Pasea en la memoria una frase de otra conversación: nadie cambia, solo nos hacemos menos animales.
