Cómo conocer el límite si llega el mareo antes que el borde que buscás. No hay camino posible. No hay combustible que alcance. Todo es intención. La determinación no arriba. Somos vacío adornado a fuerza de ilusiones escondidas en rincones que evitamos visitar. Somos una farsa. Pollos farsantes.
Anacrónico paisajista que idolatrás a los delfines.
Anacrónico paisajista, cocinero paranóico.
Anacrónico paisajista con tus achaques de mohosa leontina.
Anacrónico paisajista sin más que tu terquedad.
No queda más que recoger las cartas y barajar de nuevo. Apuestas al centro.
Firme en el objetivo constante de ocupar mi tiempo en el ocio y la construcción de cosas de cuestionable productividad, me he creado un blog para ir listando las películas que veo; con paciencia, de a poquitos. Al final, que claramente no conozco, espero tener una bonita colección visual de posters, acompañados de un comentario breve que me permita hacer un salto en el tiempo a ese momento en que vi tal o cual historia y lo que produjo en mí.
Cada vez se hace más común el uso de la palabra “demasiado” para acentuar adjetivos indiscriminadamente. De forma regular, puede uno escuchar cosas como: “demasiado bueno”, “demasiado bonito” o “demasiado inteligente”. Y, bueno, de tan común que se ha hecho ya se acepta como forma correcta, sin detenernos sobre el hecho de que al agregar esta palabreja a cualquier adjetivo lo estamos llevando al lado del exceso, dónde, a mi parecer, pasamos de la intención inicial de generar admiración, a generar desconfianza, por el asunto del exceso. No sé si por tara cultural o aforunada herencia, tengo en mi cabeza instalada la máxima de que “todos los excesos son nocivos”.
Foto de barloventomagico en Flickr. CC - Atribución, No Comercial, Sin derivadas.
Alguna vez quise ser un pájaro. Soñaba yo con ir alzado en vuelo sobre las ramas del patio inmenso que había en la parte trasera de la casa de mis abuelos, y que daba justo a la calle principal del pueblo. Viajaba en el umbral de la hipnosis de los frutos del mango a la corteza raída del nogal que un día fue el orgullo de mamá Ana. Sin apuros, sin destino. Dos alas para procurarme el fluír de la vida y un pico que me asegurase el equilibrio enzimático.
Muchas noches, en la conocida posición de expectativa que suponen dos ojos queriendo escapar hacia la luna a través de la ventana, mi humanidad se engañó a sí misma y voló a la copa del árbol que coronaba el patio. Desde allí, altanero, gritaba mi conciencia cada sentimiento guardado entre las paredes construidas durante años por el rigor del ser social, pero cada grito formaba, al contacto con el aire, las ondas de un trinar. Iluso yo al pensar que el gorjeo era sonido ajeno al oído humano. Así, desprevenido, liberaba mis verdades inacabadas al aire frío de esas noches de pueblo perdido en el olvido que empezaba al terminar la carretera de llegada a Los Rosales.
Como yo, en Los Rosales siempre hubo soñadores que se imaginaron emular el vuelo de una golondrina o un turpial. Porque en Los Rosales no hubo nunca nada más que golondrinas y turpiales; así, nunca hubo nada más que imaginasen los soñadores. Cuestionable actitud aquella, que sólo podía comprenderse en la observación de la geografía del pueblo, rodeado de montañas a tal punto que el horizonte perecía en unas cortas 50 hectáreas en cualquier dirección.
Resultado de esa noche de euforia, de baile de onomatopeyas, de agitación de alas, vino una mañana de sol rotundo que golpeaba el cuerpo desnudo de quién aquí cuenta, extendido en mitad de la calle; esa principal que atravesaba las ocho manzanas que contaba el caserío.
Al abrir los ojos, atacados por el astro fulgurante que despuntaba al oriente con mayor fuerza que de costumbre, me encontré observado por un tumulto disperso que se alineaba a lado y lado de la calle, murmurando entre ellos historias de un loco que había aterrorizado al pueblo entero la noche anterior en una inusitada correría acompañada de improperios hacia el dios de sus cielos y los hombres de esta tierra.
Uno puede dejar de ver a la gente por mucho tiempo, pero si están marcados como una parte de lo que sos, al producirse un encuentro fortuito, de forma instantánea, volvés sobre tus pasos y te ubicás fácilmente en ese contexto que creías lejano. Eso me pasó:
Mostro¡!
Doctor Chanclas Eufrasio, gustoso siempre de verle. Cómo van sus rollos¿?
Bien parcero, todo bien. Pero venga, bacano pillarlo, le tengo un bisnes.
Ah sí¿? Tanto tiempo y te vuelvo a ver y tenés una propuesta para mí¿?
Sisas ñero, venga, a usté que le gustan los computadores y eso, tengo unos pa’ la venta.
Nada parce, estoy camellando en vigilancia en la Universidá.
Y lo de los computadores¿?
Eso es como dicen negrito, estracurricular.
Extracurricular¿? Cómo es eso hombre¿?
Parcero, pues qué le digo¿? Toca completar. Usté sabe que la quincena no alcanza, y pues ahí me doy las mañas pa’ levantarme cositas pa’ vender.
Levantarse de dónde¿? Explicame.
Usté sabe que entre menos se sabe más se vive, pero bueno. Parce, pues por la portería pasan muchas maquinitas de esas todas cucas, y pues hay mucho pelao que da papaya, entonces toca partirla.
Huy no mano, eso como que no me suena. Yo con esas vainas no voy. Te estás robando computadores en la U¿?
Aaah, deje el azare parce, que todo es bien. También le tengo un vidiobim.
Mmm.
Bonito, está como nuevo, ya le quité la calcamonía esa con el escudo, quedo al pelo.
Mmm, y cuánto vale¿?
Ah no sé parce. Cómo cuánto vale una cosa de esas¿?
Mmm, no no no, mejor no caigo en la tentación, dejemos así. Otro día hablamos.
Pero venga, deje el azare…
Y emprendí la huida. Regresar no siempre implica quedarse de nuevo. Regresar a un contexto pasado puede servir algunas veces para reafirmar convicciones; para enterarte de que el camino que llevás, aún sin ser en definitiva el mejor, o el peor, es el tuyo propio.
Cuando conocí a Carlos Fernando Balanta, Polo, como le dicen sus amigos, Baterimba como es reconocido por su música, me llené de una energía vital muy bonita que no había sentido en mucho tiempo con ser humano alguno.
Polo es una persons convencida de su pasión, de lo que es y de lo que quiere. Entrega toda su fuerza a su música y mantiene su mente y corazón en Santander de Quilichao, el pueblo de donde sale a cada tanto para llevar su sonido a aquellos oídos prestos a dejarse llevar por su espectáculo de percusión.
Una parte de su actuación en el escenario es este mensaje de paz, donde claramente, y acompañado de su ritmo, nos muestra cuál debería ser la única bomba que explote en Colombia y el mundo.
Baterimba es honestidad, ganas de vivir, amor y fe; como él dice, ya lo creo, Baterimba somos todos.
Cuando Juan David, más conocido en la red como El Reticente, me invitó a participar en este proyecto tenía que decir que sí, y lo hice.
Ahora que ya ha empezado a tomar forma la cosa, puedo invitarte a vos, que aún seguís leyendo este blog, a que estés atento de lo que se viene. Un webshow hecho con ganas. Medio en serio, medio en broma. Con la participación de la señoritas Medea y Diana Pérez, y el toda la experiencia del combo Puntolink.