Mazamorra y panela machacada

Es usual que los fines de semana el silencio matutino sea roto con un grito venido de la calle anunciando la llegada del mazamorrero. El mazamorrero es aquél que vende mazamorra.  La mazamorra es una especie de resabio culinario heredado en pocos territorios, y consistente en granos de maí­z cocido nadando en su propio caldo y con frecuencia acompañado de leche y algún dulce.  La mazamorra es de mis comidas favoritas. Puedo pasar un dí­a entero pegado de una buena olla de mazamorra y suficiente cantidad de panela machacada.

Desde pequeño he acudido al llamado del mazamorrero.  Apenas su oferta en forma de alarido atraviesa la ventana, desde adentro una voz anuncia que hay que buscar la olleta para ir a comprar unas cuantas tazas del manjar. Dos, cuatro, seis, dependiendo del ánimo y la cantidad de comensales. Ninguna a veces, cuando se cuenta con el maí­z remojando desde la noche anterior para la preparación casera.

Ahora la mazamorra se prepara después de destapar un paquete. Antes, la mejor forma, la apropiada, incluí­a someter el maí­z al contacto entre un mortero y un pilón. En vida, mi abuela recordaba siempre los tiempos en que ella misma pilaba el maí­z para la mazamorra.  El mazamorrero trae mazamorra pilada y esa es su ventaja, porque el sabor logrado de un paquete definitivamente no es el mismo.

Podrí­a decirse que la mazamorra entra en el nivel de esos que llaman gustos adquiridos. En otras regiones del paí­s y el continente este brebaje tiene modos de cocción e ingredientes de todo tipo. No es lo mismo. No sabe igual. La mazamorra que yo he conocido es básica, simplona, sin mucha gracia, bastante humilde, pero es mi mazamorra, la que me recuerda a mi abuela, la que he comido desde siempre con panela machacada.

A los goles que no hice

A los goles que no hice les extraño los domingos. Suelo estar enfrente de la televisión buscando ver a quiénes sí­ han tenido la fortuna de entrar en el mercado infame que es hoy el fútbol. Yo tení­a de niño la ilusión de ser jugador profesional. Lo soñaba cada tanto, o me estrellaba otras veces. Quise llegar a ser profesional del fútbol pero no lo logré.

Jugar al fútbol sigue siendo un placer, pero cuando querés hacerlo a nivel profesional, la cosa cambia. El nivel de exigencia es alto. Si a los 15 o 16 años no has alcanzado cierto reconocimiento a nivel competitivo en tu entorno, podés asegurar que el salto no se va a dar. Yo lo supe a los 14 y fue por cuestión de talento. Siempre he tenido nivel para un partido de cuadra, de esos con piedras como arcos y apuesta de un litro de refresco, pero para vivir de eso, honestamente, no habí­a lo suficiente, y por eso opté por la alternativa de jugar a la dirigencia.

A los 15, ya seguro de que mi futuro serí­an los partidos de casados contra solteros que organizan en el barrio, me dí­ a la tarea de vivir del fútbol desde otra posición. Durante unos seis años trabajé en el fútbol infantil de Bello, mi ciudad. Alcancé a hacer de todo. Fui director y asistente técnico, obré de árbitro algunas veces, participé en la organización de torneos con más de 500 inscritos, marqué canchas, puse mallas, convoqué desfiles, confeccioné uniformes, hice carnets y otras tantas cosas que me enseñaron otras más. Durante unos seis años intenté convencerme de que el fútbol aún era mi lugar. Pero seguí­a añorando los goles que no hice.

Además de las tareas asociadas a mi trabajo, siempre querí­a jugar cuanto pudiera. Querí­a demostrarme que esos goles que no hice a nivel profesional no habí­an llegado por falta de energí­a. Siempre he sido de los que quieren dejarlo todo en la cancha. A veces, incluso, pasado de revoluciones, aparecí­ frente a amigos o compañeros de ocasión en el juego, como un afiebrado inaguantable. Siempre he tratado de ir a por la última opción, y cuando juegas en una cancha espontánea, de esas cuyos lí­mites no existen o se funden con un matorral, puede resultar hasta peligroso.

Hoy, que leí­a a Juan David que escribe sobre el fútbol en su vecindad, ha vuelto a mí­ la imagen de esos goles que no hice. Uno de chilena con total plasticidad, otro salido de una seguidilla de pases que emocionaran a la afición, alguno de cabezazo potente al piso, tal como me enseñaron y el de taco, que en las canchas de futbolito y con mis compañeros de juego, se habí­a convertido en fórmula.

Ya van seis años largos desde que me alejé de ese trabajo anterior. Ahora los partidos dominicales con amigos son cada vez menos frecuentes. Ya ni Cande, ni Pipi, ni Orio, ni el mono, ni el sapo, ni otros de antes, están disponibles para un simple pateo de fin de semana. Claro está, tampoco llegué a ser profesional aunque lo quise con todo mi entusiasmo.

Ahora, a los goles que no hice los llevo entre mis recuerdos de cosas que nunca fueron y que son la base diaria de mi motivación personal.