A propósito de Doña Gloria la del Metrocable

Esta semana coincidieron dos cosas que me han llevado a hacer esta reflexión que sigue. Lo primero es que, como parte de un proyecto que venimos desarrollando desde cctubre en la Comuna 13, tuvimos un taller de video en una comunidad que tiene mil problemas de orden público, y otros más que pasan de agache por la urgencia de proteger la vida. Lo segundo es la aparición del video de Doña Gloria la del Metrocable y todo el ruido alrededor.

Desde que empecé a trabajar con Internet y sus cuentos he tenido presente que mis esfuerzos los he de orientar  a la inclusión, a la reflexión, a la construcción colectiva y el aprovechamiento de las posibilidades de la red para acercarnos más, desde lo humano, desde lo importante. Pero llegan siempre situaciones que te muestran que lo que vos considerás importante no está en el consenso, no es lo que a «la gente» le importa.

Cuando planeás un taller en una comunidad, con la intención de acercarla a la red, apoyados en las posibilidades de crecimiento personal, o social, o cual sea  el fundamento que te impulsa, echás mano de toda la convicción, para sugerir, invitar, animar… para compartir esos motivos que te tienen creyendo que esto de la red promete revoluciones, nuevas democracias, inteligencia colectiva, y demás. Pero, cuando te vas a enfrentar a lo que hay, al panorama visible, te encontrás con que esto es parte de un conjunto de prácticas marginales, casi sectarias, porque en últimas lo que se ve, lo que se lleva la atención de la masa virtual que genera el interés por algo, la atención de los medios, lo que ocupa las mentes de muchos, son aquéllos contenidos que privilegian la oportunidad sobre la calidad, el humor ramplón sobre la reflexión, cierto ocio insulso sobre la construcción de conocimiento.

Al expresar una opinión de éstas de entrada enfrento juicios que me asignan la etiqueta de amarguete, aguafiestas, gruñón, y aquí­ veo necesaria una salvedad: no estoy en contra, ni desvirtúo, ni me opongo al humor como elemento escencial del ser humano. Yo también me rí­o, yo también comparto tonterí­as, yo también práctico el ocio insulso, yo también puedo ser ramplón. Lo que me inquieta va más allá de un caso particular como éste. Lo que me inquieta está anclado en esas promesas que me he venido creyendo.

Si tomamos lo particular, sin embargo, la cosa no es distinta. Vos podés formular y ejecutar un proceso de formación desde el altruismo, con intenciones honestas de buscar la inclusión, el compartir aquél, pero no soñés con que las historias y reflexiones que de ahí­ salgan vayan a ser acogidas por la masa virtual, ni que las van a ver miles de usuarios, ni que esos miles van a compartirlas con sus otros miles de amigos porque las encontraron dignas de interés, no. Pareciera que el interés masivo en la red está reservado para aquéllo que nos permita sentirnos mejor que el otro, más bonitos, más ricos, más educados, más polí­ticamente correctos, qué sé yo.

Yo también vi a Doña Gloria y me reí­. Hago parte de esos más de cien mil personas que en dos dí­as vieron un video donde una pobre señora grita e insulta mientras la graban en un momento de angustia. Y así­ con otros contenidos similares. Pero también, como ejercicio constante, estoy pendiente de los geniales aportes de la Escuela Audiovisual Infantil, sigo con la mayor atención el ejercicio de reflexión sobre los usos de la tecnologí­a que hacen los amigos de Puntolink, bien sea desde su Tecnocoquito, su Lí­nea Tierra, o el nuevo Versión Beta; y eso por mencionar un par de casos cercanos donde para conseguir que te vea una cantidad considerable de personas, debes esforzarte en demasí­a y/o esperar un par de años, o alguna suerte de aval que provean los medios tradicionales que te ponga en el mapa.

Por todo esto, entonces, es que llego a afirmar mi convicción de que antes de emprender un proceso de instrucción en producción de contenidos hay que promover la formación de un consumo crí­tico que le permita saber a quién recién se acerca a esto de la Internet, que no todo es humor ramplón, ni ocio insulso; que les permita saber que hay prácticas marginales que pueden agregar valor a sus vidas, más allá de la fugacidad de situaciones como la que ha propiciado el tan sonado video de Doña Gloria la del Metrocable.

George W. Bush en pantalla

Hace poco sucedió algo que muchos en el mundo estábamos esperando: George W. Bush dejó la casa blanca.  Su nuevo ocupante, el señor Obama, con todo el folclor que ha rodeado el hecho de que un negro sea elegido presidente del paí­s dizque más poderoso del orbe, se ha llevado todo la atención de los medios. Sin embargo, el ex-presidente petrolero sigue, y seguirá, robándose un espacio en las pantallas.

Dejo de lado lo del carisma que le atribuyen y otras cosas que yo no logro ver en este personaje, para referirme a dos casos puntuales de productos audiovisuales que he visto hace poco.  El primero, con mayor bombo, aunque no tanto, es la pelí­cula de Oliver Stone que tiene por nombre W. Un filme que propone una mirada a la vida í­ntima del ex-jefe del norte. El segundo, más humilde, menos pretencioso, es el documental ficticio  del indio Kunaal Roy Kapur que, en clave de humor, juega con la imagen del esquivador de zapatazos.

Estos dos productos son un ejemplo, de muchos que vendrán, creo, porque obededen a la importancia que tienen los hombres de su ralea.  Importancia como personaje, como hombre caricatura, como sí­mbolo de estos dí­as locos de nuestro loco mundo. El tinte nostálgico de esa imagen del ex abandonando la que fue su morada en los años pasados es uno más de los matices del George W. Bush que podremos  ver en adelante.

Stone lo muestra torpe, pero determinado; inmoral en parte de su accionar, pero religioso como el que más. En su pelí­cula retrata sus problemas con el alcohol, su indecisión vocacional, sus obsesiones y temores;  lo humano, podrí­amos decir.  Mientras tanto, el indio Kapur, en su propuesta juguetona en la que una embajada americana en India realiza un reality para escoger al joven que saludará de mano al presidente en su visita de estado, se ocupa del estereotipo, de las imágenes que quedan de los discursos tristemente célebres del Mister Danger de Chávez.

Como buenos precedentes en la televisión ya tení­a un par de series entre mis favoritas: las aventuras animadas de Walker Baby combatiendo a sus archienemiguitos en Lil’ Bush (Pequeño Bush) y las desventuras cargadas de inseguridades atendidas por la mujer del  former president en That’s My Bush.  Un par de muestras simples que se suman a los dos filmes que mencionaba, W. y The President Is Coming. Muestras llenas de sátira, si no sobra la aclaración.

Estos casos  me han tenido pensando sobre lo que significan personajes como éste para el registro de los hechos de la existencia humana. Por ejemplo, en W. al polí­tico le preguntan por el lugar que piensa que ocupará en la historia,  y el lamentable homo sapiens responde: «En la historia todos estaremos muertos».  Y yo creo que, al contrario, personajes como él no pueden estar muertos en la historia, sino que su nombre debe resaltarse con vivos colores en la sección de los sucesos desafortunados.

Bush merece toda la pantalla.  Como otros personajes nacionales que ya tendrán su oportunidad y que mientras tanto, se dibujan en pequeñas dosis de sátira que nos proveen los valientes.