Confeccionista de alegrí­as

Hay una niña vecina que suele llegar a mi casa y preguntar si está la señora que «alegra» la ropa. Mi madre es modista, y yo le digo que sí­ a esta niña con una sonrisa cada vez que sucede lo que cuento. No es pertinente corregirla. Antes que pensar en que la niña se equivoca, y que está en ese proceso por el que pasamos todos, y en el que algunos nos quedamos por siempre, de aprender a juntar unas sí­labas con otras para intentar dar forma verbal a lo que pensamos y sentimos, me paso al bando de ella.

Esta niña ha traí­do a mí­ una figura que me llena de regocijo y de orgullo: mi madre se ha dedicado unos 30 años de su vida a alegrar el atuendo de muchas personas, incluido quien aquí­ escribe.

Armada de hilos, agujas, botones y su habilidad acumulada, Doña Eunice, mi madre, ha sabido interpretar los gustos de tantas y tantas señoras, niños, niñas y señores también, que dejan un fútil rastro hecho de números en las hojas de su cuaderno de medidas. Ese cuaderno, en este escenario, viene siendo el registro de fórmulas matemáticas para confeccionar la alegrí­a de muchos.

Alegrí­a con vida útil. Hecha a medida, cortada al molde, al gusto del cliente.

Es que quién no se ha sentido bien por el sólo hecho de vestir una prenda que cree muy personal, muy del gusto propio¿? Aun si somos de la idea de que la apariencia no importa, en algún momento de esta nuestra vida hemos de haber tenido un vestido favorito, una camisa de la suerte o un pantalón preferido por comodidad. A eso me refiero.

A diario busco rendirle homenaje a Doña Eunice, mi madre, entregándole mi confianza, el testimonio de mi orgullo por ser su hijo. Hoy, como asunto azaroso, la repetición de la escena con la niña vecina, ha traí­do a mí­ un aire de motivación rotunda por ser descendiente de una confeccionista de alegrí­as.

Gracias madre.