Plop

Plop era un globo que no se diferenciaba de sus colegas de goma inflable más que por tener cavilaciones continuas sobre su flexible condición. Era una cosa muy rara que existiera un globo pensante. En las horas de más aire en la entraña sucumbí­a ante el ataque de un existencialismo inusual: se preguntaba este globo un dí­a por eso que llaman libertad.

Fija la mirada en la mano que sostení­a el hilo atado su cuerpo volátil presto a la huida, pensaba en el futuro prometido por tirones que le dejaban ver su capacidad de volar e ir entre el aire sin compromiso directo con la gravedad, pero que lo traí­an rápidamente a su condición habitual. Pensaba en cada uno de esos momentos de aquella mano agitada que parecí­a divertida cuando soltaba y tiraba de nuevo, generando un vací­o similar al que sientes en una montaña rusa. Plop nunca estuvo en una montaña rusa.

La mano, de su lado, le pedí­a al globo la calma que no respaldaba con sus actos. Mientras se burlaba de los alcances de la imaginación del globo, le prometí­a terrenos abiertos entre los cuáles dejarse ir. Tiraba otra vez la mano, le hací­a revolver para que sintiera de nuevo la tensión del control sobre su cuerpo henchido de ansias de libre albedrí­o.

Cuando la tensión llegó a tal punto que el ví­nculo prometí­a romperse, Plop decidió hablarle a su captor:

Al parecer te divierte, mano controladora, el someterme a esta cárcel. Mas es por demás mezquino regocijarse en falsas promesas y hacer burla premeditada de la ilusión de otro ser. Que si has de soltarme, hacerlo, mas tirones no aguanto más.

Y poniendo atención a medias, apenas oyendo de soslayo, acertó a responder la mano con su tono de padre mandón:

Qué no ves, globo iluso, que yo soy tu amo y creador¿? Sin el aire que he procurado para inflarte no pasarí­as de goma inerte. Ten en cuenta, mal agradecido, que es más lo que puedes hacer teniendo la firmeza de este cuerpo al que pertenezco que siendo dueño de tus decisiones. Mira que si volar te dejo no habrí­a control al que pudieras acceder.

Cada dedo acentuaba una sí­laba, cada sí­laba acentuaba la desilusión del globo.

Mientras escuchaba a su tirana, ama y señora, dueña mano, Plop se fue desinflando voluntariamente. El aire abandonó su cuerpo y se dejo ir el globo con él. Apenas recordando que recuerdos no tení­a, apenas anhelando una montaña rusa que nunca conoció.

La sola

Martha veí­a novelas tarde y noche. Martha con h intermedia (como en la cédula, repetí­a siempre). Veí­a novelas para llenar de historias el  arte que aprendió en las tardes de abuela, zaguán de finca y mecedoras. En las pausas comerciales observaba sus manos ágiles manipular las agujas tejer feroces como si no pudieran detenerse. Martha viví­a sola, contaba 51 años, no tení­a familiares conocidos y pocas veces abandonaba su casa más que para abastecerse de comida y hacer alguna diligencia obligatoria. Así­ viví­a.

Las novelas que veí­a Martha, además, le procuraban los cuentos que iban formando lo que ella conocí­a como su vida. Un entramado de mentiras bien producidas bailando en desorden con sus pocos recuerdos. Mientras se nutrí­a de entretenimiento acusaba hambre de experiencias propias y sensaciones ví­vidas que no le llegaran a través de un cable o de una antena (mis novelas son mi vida, supo decir un dí­a). Martha habí­a vivido poco por pasarse el tiempo alienada por los tubos de rayos catódicos y las noticias que traí­an.

Quince años llevaba en esta casa que pudo comprar a crédito pagando las cuotas con el fideicomiso que con precausión y buen juicio organizó su abuela años antes de morirse, cuando aún viví­an en el pueblo, y serví­an en esa hacienda inmensa dónde tejieron atardeceres y cantos de pájaros. A veces le relataba esos tiempos a la única persona cercana a su vida, y que podí­a llamar su amiga, aunque no lo hací­a (una conocida con la que hablo de novelas, anotaba). Hablaban en las noches por teléfono para contarse las impresiones que tení­an sobre cada episodio de la jornada.

Una noche de viernes en que el quinto dramón de su programación diaria llegaba al final, se econtró Martha, como ante un espejo, en la pantalla. Ní­tida, ella, metida en una novela que estaban anunciando. Una historia intimista, de soledades absolutas, de los guionistas de Lágrima Muda, con la actriz de moda, anunciaba la voz grave que ya era como de la familia. La actriz de moda, Mariana Calamar, se veí­a idéntica a Martha con ese maquillaje, ese vestuario, esas maneras. Le saltaban los ojos ante la imagen que tení­a en frente y se le iluminaba el gesto con el rótulo fulgurante que anunciaba el inicio, próximamente, por el mismo canal, de «La Sola», en horario estelar.

Temblaba. No pudo esperar a que fueran las nueve en punto para la llamade de rigor. Tomó el aparato y apretó el botón de remarcar. Aló.

Desde tal dí­a Martha no tení­a tranquilidad. Las pocas secuencias que pudo ver en el anuncio detonante le alertaban de tal forma que su rutina de tantos años se veí­a alterada. Ya no tejí­a veloz, y  descuidaba escenas de tramas que seguí­a con devoción: la ruptura de Amanda Josefina y Armando José en «Romance Electrónico» pasaba desapercibida en las conversaciones telefónicas de las noches siguientes. Martha no podí­a dejar de fantasear con verse, su historia en pantalla, justicia de fantasí­a que la harí­a visible. Es que sos igualitica, le decí­a su conocida amiga, uno te ve y patentica estás (es que sí­, pensaba). Eso retumbaba en la cabeza de Martha de tal forma que dormir era lujoso por esos dí­as de agosto.

Antes dormir no habí­a sido problema. Martha era una mujer de hábitos, y la hora de dormir se ganó el lugar en su rutina como el espacio de sosiego. Sin embargo,  ya se dijo que los hábitos de Martha no serí­an los mismos en adelante. De forma obsesiva entregó su energí­a a la espera paciente de la fecha anunciada para el lanzamiento de «La Sola». Dejó de hacer lo que hací­a todos los dí­as para darse, sin tregua, a la contemplación de esos segmentos de imágenes que le inundaron el pienso. Cada anuncio que pasaron esos dí­as fue grabado debidamente en casetes VHS.

Empezaba a vestirse mejor, eso sí­. Aunque no tuviera que salir, se poní­a la ropa de salir, y salí­a. Ella lo que tení­a metido en su cabeza es que la gente la iba a reconocer por el anuncio de la telenovela y la mirarí­a curiosa. Que la confundirí­an en el mercado, oyó en repetidas telefoneadas nocturas cuando con su compañera novelera construí­an ilusiones de cuadros vistos en historias viejas y nuevas de tantas que veí­an. Martha empezó a formar en esa cabeza una memoria hecha de retazos de experiencias ajenas.

Cada dí­a un anuncio nuevo y el despliegue de los noticieros, que abren su pasarela y apuntan las luces a su propio pestañeo, mordiéndose la cola para diversión de todos. No se hablaba de otra cosa en la farándula nacional. El elenco estelar, los guiones perfectos, la escenografí­a impecable y la producción sin reparos. ‘La Sola’ se ofrecí­a al mundo como la historia de los que viven a través de otros, sin respirar un dí­a el aire de  la la felicidad, fugaz o eterna, falaz o cierta. De esos dí­as podrí­an contarse relatos con detalles, más lo que seguirí­a es lo el cuento en sí­. Una de esas noches próximas, tres dí­as antes de la fecha del lanzamiento, televisión en frente, los anuncios perderí­an sentido, y el camino de Martha con h toparí­a uno nuevo.

El noticiero anunciaba con música entre tinieblas y melancolí­a postiza la muerte súbita de Mariana Calamar. Muerte que obligarí­a, sin dudas, a la cancelación de la emisión de la producción en la cual desempeñaba el rol protagónico. Las circunstancias eran desconocidas por los medios, pero seguirí­an indagando para resolver el misterio de orden nacional.

Sobrecogida y sin sentido de orientación, Martha dejó caer las agujas y el tejido que rodaron frente a sus pies como rodaba su ánimo. Estuvo en silencio por minutos esperando el aire que le faltaba. Cuando logró tomar una bocanada para garantizar su subsistencia inmediata recogió las agujas aún enredadas en el tejido rosa del saco que la ocupaba. Palpó sus manos y sus muñecas como en medio de una despedida, y súbitamente, apenas acompañado el gesto del seño fruncido y un encogerse de hombros involuntario, enterró una de las agujas en su muñeca derecha cuidando entrar en la vena que irrigaba su mano hábil.

Mientras un hilo de sangre oscurecí­a la lana que iba hasta el ovillo que habí­a sido destinado a una prenda de vestir, en la televisión, aún prendida, aparecí­a un informe especial esclareciendo el caso de la muerte de Mariana Calamar. Las autoridades investigarí­an a fondo la escena del levantamiento del cadáver, un camerino donde encontraron a la actriz con el vestuario de su personaje actual, quién al parecer  una aguja de tejer incrustada en la muñeca derecha como nacimiento de un largo hilo de sangre que se hací­a charco bajo el tocador.

Una vez

Habí­a una vez una vez sentada en un rincón encadenada a un árbol. Se negaba a iniciar cualquier historia. Estaba en huelga. Era una vez que hizo conciencia de su destino ya escrito y recogió fuerzas para alzar su voz de protesta; decir NO a las estructuras ya vistas a pesar de las consecuencias.

Y decí­a NO con énfasis contundente. Después de ver tantas veces de su familia desvanecerse en historias que nada contaban, habí­a decidido dar un grito libertario. Se negaba a ser una simple anécdota, un detalle simpático. Hablaba esta vez por todas las veces. Aunque no todos sus motivos eran dignos.

Habí­a una vez una vez envidiosa de las tramas y los desenlaces. Se tiraba de los pelos al pensar en los conflictos que veí­a a lo lejos, páginas adentro. Revolví­a su estómago el imaginarse los finales, tristes o felices, trágicos o épicos. Todos le parecí­an igual de detestables, igual de pomposos y pagados de sí­ mismos.

Era una vez con experiencia en dramas y comedias. Habí­a presenciado tanto descripciones hilarantes de oscuros personajes, como viajes por praderas nubladas entre el frí­o venido del norte y promesas de relatos sobre caballerí­a. Lo habí­a visto todo: sangre y llanto; amor y odio; tiraní­a y piedad.

Respiraba con agitación. Las manos apretadas, llenas de todos los sentimientos y emociones que pueden caber en un par de manos. Mientras estaba allí­, encadenada y convencida del poder de sus acciones, cayó aletargada en el sueño de los relatos olvidados, de las letras no leí­das. En un par de horas, o años, o siglos, se apagó esa voz que decí­a NO.

Habí­a una vez una vez que nunca pudo contar el cuento.

Lágrimas de cebolla

Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difí­ciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.

Cuenta el cuento que me contaron que un dí­a una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondí­a de igual forma una pasión sin par.

Viví­an ambos muertos de frí­o en la puerta de una nevera. Separados viví­an el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentí­a que cada capa de su cuerpo se endurecí­a con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.

Cuando se hací­a la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que habí­a llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festí­n del que difí­cilmente regresaban completas. Habí­an visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.

Cierto dí­a, de estos dí­as inciertos, se abrió la puerta del frigorí­fico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habrí­a opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.

Mientras llanto y frí­o atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí­, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.

Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decí­a resignada. Pero no contó con el plan del dí­a, y mucho menos con que hecho pedazos, vendrí­a luego el tomate a unirse con ella en un guiso magní­fico.