Martes, Mayo 19th, 2009

Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difíciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.
Cuenta el cuento que me contaron que un día una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondía de igual forma una pasión sin par.
Vivían ambos muertos de frío en la puerta de una nevera. Separados vivían el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentía que cada capa de su cuerpo se endurecía con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.
Cuando se hacía la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que había llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festín del que difícilmente regresaban completas. Habían visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.
Cierto día, de estos días inciertos, se abrió la puerta del frigorífico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habría opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.
Mientras llanto y frío atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.
Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decía resignada. Pero no contó con el plan del día, y mucho menos con que hecho pedazos, vendría luego el tomate a unirse con ella en un guiso magnífico.
Viernes, Abril 24th, 2009

Su oficio, desde la frontera de su memoria adulta, fue ayudar a las mujeres del pueblo a traer sus hijos al mundo. Rosa era partera. Asistió en su trayectoria a más de cien nacimientos en múltiples condiciones. Recordaba todos y cada uno con peculiar detalle. Siempre contaba esas historias reposada en esa silla mecedora que acusaba el paso del tiempo, tanto como su casa, un rancho apenas en pie, en el que vivió por setenta años, tres meses y 14 días.
Pese a haber presenciado el primer llanto de medio pueblo, Rosa tuvo siempre un anhelo insatisfecho. Nunca pudo concebir. No por asuntos fisiológicos que se lo impidieras, sino porque en su vida no contó hombre alguno entre sus amores, y porque entre sus amores nunca hubo vida alguna. Sus grandes amores, de día y de noche, había estado todos en el santoral de la iglesia católica. Rosa era devota hasta donde podía permitirse.
Iba a misa, puntualmente, una vez al día. Vestía de chalina y camándula. Asistía siempre con su velón en mano. Hacía de plañidera espontánea en los entierros del pueblo, pues la mayoría de esos muertos eran los hijos que nunca tuvo. Rosa, incluso, confesaba ante el cura de turno pecados que sólo estaban en su cándida imaginación. Así fue su última confesión:
Acúsome padrecito de que he pecado. Esta mañana cuando me levanté sentí tristeza y maldije mi desdicha. Mi fe alcanzó a verse afectada por mis penas terrenales. Me siento mal.
Ya sabe usted padrecito que he visto a muchos hijos de Dios llegar al mundo, pero ninguno de mi propio vientre. También, por historias que el pueblo no calla, sabrá usted padrecito que en mi vida no he conocido un hombre en la intimidad. Yo he sido fiel, padrecito, al único y más grande señor. He profesado y practicado el apego a la ley divina. Mas en momentos donde examino mi vida, puedo encontrar deseos nunca logrados que me han hecho dudar, padrecito.
La duda es mi enemigo padre. No logro desprenderme de ella, y eso, a un alma devota como la mía, le acompaña un desasosiego insoportable. Ya ni la oración, padrecito. Ya ni estas confesiones, padre.
Acaso, en mis últimos días, puede cambiar para mí todo lo que ha sido hasta hoy cierto e inmutable¿? Puede la fe irse a algún lado lejos de mí, cuando ha obrado como fiel escudera en mis tiempos de zozobra¿?
Por eso, padre, por eso acudo a usted hoy. Un cuerpo que no ha concebido es mi mayor desgracia, y un alma que no halla satisfacción, mi castigo.
Al terminar de pronunciarse en el recinto de confesiones, siempre la mirada al piso de madera, Rosa cerró sus ojos y esperó las palabras del Padre Antonio Burgos, quien en sus ocho años al servicio de la parroquia del pueblo, siempre supo como apaciguar su angustia. Y así, buscándole con la mirada entre los pequeños barrotes sin conseguir sus ojos, le dijo:
No tegas temor hija mía de tu intranquilidad. En el tiempo que te he conocido, he sabido que eres un alma dedicada al servicio del hombre y los designios de Dios. Es humano tener dudas, y no eres mucho más que eso. Un humano evaluando sus pasos.
Puedo asegurarte además que, si bien por cuerpo propio no has experimentado el milagro de la maternidad, con tu labor constante y desinteresada has podido, sin duda, traer alegría a muchos hogares.
En cuanto a tu fe, querida Rosa, puedo decirte que incluso Nuestro Señor Jesucristo halló dudas en su camino. Ve tranquila. Sigue tu sendero con todo lo que eres. Mantén tu frente alta, que tus obras piadosas te llevarán a un justo mañana.
Ese mañana llegaría rápido.
Una vez cumplidos sus padrenuestros de penitencia, más un par de oraciones extras aportadas a voluntad propia, salió de la iglesia rumbo a su casa con plena quietud en la turbulencia de sus dudas. Llegó al rancho y se sentó en la misma silla de siempre. Contempló la tarde sin mucho interés. Ya no pensó más en su pena. Ya no pensó más. Con el fondo del ocaso fue cerrando sus ojos.
Al día siguiente, en el justo mañana, el pueblo entero conoció la noticia de su muerte y se vistió de luto. A las obras fúnebres de la partera Rosa asistieron todos y cada uno de esos hijos de la tierra que hubo recibido entre sus manos algún día. Esos hijos de la tierra que, también, de alguna forma, fueron hijos de Rosa.
Hubo llanto y oración; hubo historias y recuerdos; resignación y agradecimiento; alegría y tristeza juntas. Todo esto hubo en el pueblo, mientras desde la orilla opuesta miraba Rosa a esos sus hijos, que sin salir de sus entrañas, habían llenado de vida la suya teñida de soledad y tristeza.
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Miércoles, Abril 15th, 2009

Marcelo decíase, y afirmábase en sendos revuelcos a su capacidad de asombro, que no había experimentado cosa similar. Sacudíase inquieto. Buscaba su cuerpo, que estaba en el lugar de siempre, bajo su cabeza. Recurría al pellizco a ratos. Visitaba los cercanos rincones de su cuarto vacío, de dos metros de ancho, dos metros de largo y generosos dos metros con veinte de altura. Ante el espejo, único artilugio que aún quedaba sobre las paredes de color lila, cuestionaba su desconcertante desasosiego por lo que creía un logro.
Recordaba haber visto su colección de muñecos en un mueble de caoba que regalole su abuelo. Tan sólo un par de días antes los estuvo ordenando. Sus favoritos eran los de G.I. Joe. Obligábase, además, a traer a su memoria el zapatero que, debajo de aquél mueble, permanecía sin su natural contenido. Siempre prefirió tener tan sólo unas sandalias cómodas y algún par de zapatillas para las ocasiones que lo ameritasen. También era coleccionista de Comics, y la vieja estructura de hierro recubierta en caucho resultábale perfecta como soporte para su repertorio.
La angustia púsole presión en su ceño cuando fijose en la huella de su cama. Estuvo a punto de olvidar el color original de las paredes de su cuarto. Ese lila intenso, que en una vida pasada pudo ser violeta, podía verse, de igual forma, justo ahí donde ya no estaban sus muy pocos cuadros. Dos para ser exactos. Un afiche con la foto de un amanecer cubano salido de algún viejo almanaque que enmarcó luego su tío solterón y un paisaje hecho de lentejas, guisantes y pastas de caracoles que contaba cinco años de edad menos que él. Por un tiempo, aquél paisaje comestible, fue el orgullo de su madre, cuando todavía alimentaba la esperanza de un hijo artista.
Así, las marcas de los objetos que acompañáronlo antes, durante muchas horas, muchos días, muchos meses y, sin duda, muchos años, llevábanlo de paseo por sus recuerdos. Aquéllos que no habíase llevado el camión de la mudanza, aquéllos que eran como su equipaje de mano. Una fatigosa carga que pretendía dejar, aún estando en su conocimiento que tal cosa no era posible.
Ya convencido de que era grave su situación, y de lo convencido ya casi entumecido, sintiendo poco, sacó una moneda para resolver su dicotómico dilema de una vez y por todas. Aunque él no contaba con que su madre preparábase para la despedida de su niño grande, y ella tampoco vio venir el desenlace. Procedió entonces a lanzar la moneda al aire, y el sonido de los redoblantes y aquél suspenso larguísimo de medio segundo acaso, fue interrumpido por un aviso tajante vestido de dulzura que venía directo desde la cocina.
- Marcelo, hijo, ya le serví. Hay pasta.
Al escuchar ésto y sin mirar el resultado de su consulta a la decisoria pieza de cobre, la metió de nuevo en su bolsillo, de donde sacó la tarjeta donde tenía el número telefónico de Trasteos El Paisa. Los llamaría más tarde para coordinar el retorno de sus posesiones a casa de sus padres y sentaríase una vez más a disfrutar su plato de macarrones con queso, esperando repetir fortuna a la hora de la cena.
Más tarde, con el estómago lleno, elegiría el matiz de la pintura con la que renovaría las paredes de su vida.