Plop

Plop era un globo que no se diferenciaba de sus colegas de goma inflable más que por tener cavilaciones continuas sobre su flexible condición. Era una cosa muy rara que existiera un globo pensante. En las horas de más aire en la entraña sucumbí­a ante el ataque de un existencialismo inusual: se preguntaba este globo un dí­a por eso que llaman libertad.

Fija la mirada en la mano que sostení­a el hilo atado su cuerpo volátil presto a la huida, pensaba en el futuro prometido por tirones que le dejaban ver su capacidad de volar e ir entre el aire sin compromiso directo con la gravedad, pero que lo traí­an rápidamente a su condición habitual. Pensaba en cada uno de esos momentos de aquella mano agitada que parecí­a divertida cuando soltaba y tiraba de nuevo, generando un vací­o similar al que sientes en una montaña rusa. Plop nunca estuvo en una montaña rusa.

La mano, de su lado, le pedí­a al globo la calma que no respaldaba con sus actos. Mientras se burlaba de los alcances de la imaginación del globo, le prometí­a terrenos abiertos entre los cuáles dejarse ir. Tiraba otra vez la mano, le hací­a revolver para que sintiera de nuevo la tensión del control sobre su cuerpo henchido de ansias de libre albedrí­o.

Cuando la tensión llegó a tal punto que el ví­nculo prometí­a romperse, Plop decidió hablarle a su captor:

Al parecer te divierte, mano controladora, el someterme a esta cárcel. Mas es por demás mezquino regocijarse en falsas promesas y hacer burla premeditada de la ilusión de otro ser. Que si has de soltarme, hacerlo, mas tirones no aguanto más.

Y poniendo atención a medias, apenas oyendo de soslayo, acertó a responder la mano con su tono de padre mandón:

Qué no ves, globo iluso, que yo soy tu amo y creador¿? Sin el aire que he procurado para inflarte no pasarí­as de goma inerte. Ten en cuenta, mal agradecido, que es más lo que puedes hacer teniendo la firmeza de este cuerpo al que pertenezco que siendo dueño de tus decisiones. Mira que si volar te dejo no habrí­a control al que pudieras acceder.

Cada dedo acentuaba una sí­laba, cada sí­laba acentuaba la desilusión del globo.

Mientras escuchaba a su tirana, ama y señora, dueña mano, Plop se fue desinflando voluntariamente. El aire abandonó su cuerpo y se dejo ir el globo con él. Apenas recordando que recuerdos no tení­a, apenas anhelando una montaña rusa que nunca conoció.

Despuntado

Sin punta, mutilado, de amarilla piel sollozaba el lápiz. Viví­a acongojado por los trazos, hoy difusos, que fueron huella de sus coreografí­as. Los tiempos del vigor, del cuerpo firme, del borrador intacto. Se crispaban los nervios en el abrir del estuche cerrado por una cremallera tan vieja como el grafito en su entraña. Raí­do un extremo, por la ausencia del otro le llamaban Despuntado.

Entre nóveles colores y crayones veteranos, testigos de antiguos dibujos libres, rayones al azar y marcas que fueron í­ndice de logros y frustraciones, pasaba sus horas en esa agoní­a que juzgaba temprana. Se lamentaba diciendo que sus dos escasas pulgadas de estatura eran más que suficientes para cumplir sus labores a cabalidad. Solo necesito una punta y unos dedos hábiles, repetí­a suspiro a suspiro. Solo una punta. Solo unos dedos hábiles. Ser nunca se olvida, y lo mí­o siempre ha sido ser lápiz… y de los buenos, afirmaba sentencioso.

Despuntado, despuntado, coreaba el rojo carmesí­ en un grito de falsa exaltación. Vamos a salir a pintar todos este domingo, hablaba el socarrón… hací­a una pausa y remataba con la habitual carcajada: pero, claro, si no tienes punta no podrás ir con nosotros, pobre de ti. Y a reí­r tornaban los colores de la nueva temporada. Sin embargo, no eran su mayor pena las burlas de andar torpe y las presunciones con tinte de ignorancia. De puntas filosas nunca habí­a tenido envidia. Yo también tuve punta, se decí­a para sí­. Mas, deseaba con ardor el tiempo del sacapuntas frecuente; una, dos, varias veces al dí­a; dí­as, semanas, meses de garabatos y notas. Así­ viví­a Despuntado, entre nostalgia y anhelo.

Fue con motivo de una asignatura especial que verí­a la luz de nuevo. Cierta mañana, recuerda, despertó en un mesón rodeado de sus vecinos más jóvenes. Fuera del estuche, sin rastro de la cremallera. Vista directa al cielo raso blanco. A escasa distancia su objeto de deseo: un sacapuntas de verde vestido y hoja afilada, dispuesto al tajo rápido, en una esquina reposaba. Era pulpa mineral hecha angustia, cubierta con marcas de mordiscos sumida en ansiedad. Pero, la fortuna a Despuntado no le otorgarí­a favores; esa distancia tan corta no serí­a zanjada.

Después del ir y venir constante de matices brillantes y saturados de vida, fue amminándose su esperanza de tomar parte en el baile. De reojo, con gesto cada vez más apagado, observó hacerse en el lienzo de papel industrial una figura completa que no necesitó de su acción. Solo una punta. Solo unos dedos hábiles. La faz hendida ya no aspiraba a roce alguno. Ser nunca se olvida, hablaba su optimismo.

Ni bien terminar la tarea a que se vieron convocados, iban retornando al estuche los partí­cipes del festí­n cromático. Victoriosos, exultantes, ebrios de mezclas y contrastes; todas condiciones de las que fuera dueño Despuntado. Ahora, de lejos, veí­a la comparsa terminar sin su acto. No estaba incluí­do en el programa. Sobre el mesón quedarí­a solo mas en compañí­a de un viejo papel arrugado. Vio cerrarse la cremallera y quedar la expectativa en ascenso.

Ser nunca se olvida, dijo una vez más Despuntado, mientras unos dedos hábiles vendrí­an a conducirlo a una ubicación nueva que serí­a morada de su nostalgia y su anhelo. A un cajón de madera en la parte baja del armario irí­a a dar el viejo lápiz con sus historias hoy mudas. Lejos estaban los verdes chillones, que no dejaban dormir; los amarillos vivos, que siempre quisieron sacar ventaja; los azules oscuros, con su metafí­sica de libro de citas; lejos estaba la cremallera tan vieja como el grafito de su entraña.

Cerca, sí­, las pilas gastadas, los cables sueltos, las monedas extranjeras de baja denominación, los juguetes estropeados, las libretas de notas en desuso, los calendarios de años pasados pintados de gatos y flores comunes. Cerca estaba su lugar entre objetos desechados después de su servicio. Cajón del olvido, repositorio de jamases.

En tal estado de abandono supo Despuntado hablar: solo una punta requiero, que la experiencia la tengo. Notas de amor,dibujos al paso, listas de mercado, marcas como guí­as, datos para recordar… cuánto recorrido en vida y aquí­ vengo a parar. Qué hay de la gratitud¿? Qué hay del reconocimiento a las heridas de la batalla¿? Acaso hay menos mérito en mis capacidades por simple paso del tiempo y la merma de mi funcionalidad¿? Qué no ven la seguridad del trazo en aquél que toda su vida ha trazado¿? Qué utilidad y valor no son lo mismo hoy que antes¿?

Y en un hilo de preguntas se dejó ir Despuntado mientras caí­a el velo de madera hacedor de la oscuridad, y en el fondo murmuraba, cansado de estar sin punta, que ser nunca se olvidaba, y que lo suyo habí­a sido ser lápiz… y de los buenos, además.

La técnica avestruz

Me dices que alguna vez percibiste cómo al contacto de tu piel con el agua de la piscina podí­a verse el vapor emanar de la superficie, mientras en el fondo, rubicunda y confundida, pensabas en un plan para evadir el resto de tus dí­as lo que acababas de descubrir. A propósito del clima. Eso lo dices mientras sonrí­es, y tus ojos parecen irse de paseo a ese tiempo en que imagino la misma figura, el mismo í­mpetu, la misma resolución en las palabras. Pasea en la memoria una frase de otra conversación: nadie cambia, solo nos hacemos menos animales.

Sigues, y cuentas que desde aquél tiempo supiste que tu relación con el mundo serí­a de huidas y escondrijos. Que aprendiste a descifrar la fórmula para evitar la confrontación. La técnica avestruz, apuntas con ese brillo en los ojos que produce el ingenio, al entrar en detalles previos a la anécdota que te ocupa. Todo esto en frente mí­o, al otro lado de la mesa gigante de un metro de ancho.

Que era un muchacho delgadito, hasta feo, pero que a ti te partí­a el corazón que no te mirara, que pasara de largo y ni se diera por enterado de que existí­as. Eso es muy duro cuando tenés 10 años. Aunque, ahora que lo piensas bien, lo que más te dolí­a era verlo juntándose con la negrita de la casa de al lado. Eso era una tortura. Bendita negrita. Otra sonrisa. La mirada viaja a las entrañas y se oscurece por un momento. La botella de cerveza está casi vací­a, pero llena de imágenes mi pizarra de cuestiones pendientes.

Era un verano. Coincidieron en un paseo con tus primos. La negrita, el flaco y tú. No sabí­as muy bien qué era lo que producí­a la suma de tantas sensaciones juntas. El niño que te poní­a inquieta estarí­a a unos cuantos metros de distancia por un dí­a entero. Desde que llegaron al balneario no hiciste más que buscarlo con la mirada. Siempre estaba con la negrita. Bendita tortura. Pido al mesero un par de cervezas más con un gesto sutil para no interrumpir tu paseo al recuerdo. Juegas con la etiqueta de la botella que recién llegó a la mesa, y sigues en tu historia, y yo en ella. Testigo de fe, cómplice por decisión. Bendita tortura.

Describes el traje de baño que estrenabas ese dí­a: piñas, naranjas y otras frutas tropicales. Rí­es estrepitosamente con la imagen de tu cuerpo recogido, lleno de ira, que espiaba la escena detrás de un árbol. La negrita, el flaco y un primo tuyo conversaban ruidosamente. Eran celos lo que sentí­as, mas no sabí­as qué eran los celos. Aun así­ recogiste fuerza y te encaminaste a ocupar la silla vací­a al lado de la pileta para unirte a la conversación. El cuerpo seguí­a incómodo y las sesanciones era cada vez menos conocidas.

Desarmo tu frase mentalmente aprovechando el corto silencio que la enmarca. Incomodidad. Sensaciones. Desconocidos. Bebo un trago de la botella y una gota cae sobre mi camisa, eso llama tu atención por un segundo, pero sigues acodada en tu memoria. Con emoción, después del bache oscuro, relatas el momento en que la negrita y tu primo tuvieron que acudir al llamado de algún adulto. Los nervios creciendo, el no saber qué es lo que se siente. Quedarse solos. Eso es muy duro cuando tenés diez años. Pienso en cuán difí­cil es emitir el primer fonema de un hilo confesional. Pienso en lo que era tener diez años y en lo lejos que estoy de eso, a pesar de lo que dice mi psicólogo.

Te sonrojas emulando la situación. Después de un largo silencio le dijiste algo que no tení­as premeditado. Tu primera palabra fue una sonrisa de esas. Esas. Luego, sin preámbulo, un reclamo. Que el por qué andaba con esa niña que no le convení­a, que se estaba desperdiciando, que tan bobo. Y así­ una perorata que adentro me produce estragos. Una pausa dramática antecede al final del recuerdo.

Me dices que al quedarte callada el negrito te miró fijamente, para que pusieras atención a lo que te dirí­a. Temblabas. Las frutas en el traje de baño parecí­an caerse de maduras. Abriste los ojos como sabes abrir los ojos para apoyar una sentencia: me gusta es usted, dijo, exclamas entusiasmada. Saboreas la emoción lejana, fantaseas con lo que fue. Un trago de cerveza y la cara iluminada que me mira esperando reacción. Y adivina lo que yo hice, me interpelas de forma retórica pues muy bien sabes que no tengo idea a dónde va la historia. Sin espera, cuentas que corriste a sumergirte en la piscina y nunca le hablaste más al bendito negrito. Que así­ fue tu primera historia de amor. La técnica avestruz.

Sonrí­es de nuevo. Mi corazón virginal, desprovisto de estos relatos, duda, baila, busca razones. La cerveza se acaba otra vez y el silencio se infla. Mientras esperas de mi parte el puente que de paso a que siga la conversación, en lo único que logro pensar para tranquilizarme es en que fue una buena decisión no haberte citado en ese bar de terraza que tiene una piscina al lado.

Fuma de ayer

Con los ojos vidriosos de la fuma de ayer, muy de madrugada, y sin haber dormido, se forma en mi memoria una silueta que te escribe una carta; en papel casero como en los dí­as de asueto, cuando hacer papel casero y escribir cartas era lo que tení­amos en común.

Primero en borrones, después cristalina, surge la grafí­a en el soporte blanco hueso con su forma de recuerdo, de reproche, de grito contenido. Con letra firme y clara dice que estoy solo; que extraño esas mañanas de café y panorama hasta la hora del almuerzo; que estos dí­as presentes, con su aridez por bandera, son el precio que pago por algo que compré; que no sé muy bien de qué se trata, pero que lo averiguaré.

Las letras confundidas, atendiendo con desgano a su misión, se juntan en excusas de las más variadas tallas. Son tiempos locos los nuestros, la economí­a es una farsa, los niños de África, puta Iglesia, abajo el sistema. Pintan las palabras paisajes desolados, habitados por máquinas, anuncio del novamás, pero siempre, o sea sin excepción, aparecen los colores desde un has de luz que sos vos; una luz de tanta claridad que lastima las retinas, mi sensibles retinas. Otra vez disculpas, que tan cursi, que no hay más qué hacer, que el amor, que el odio, que mejor así­.

En ires y venires de pluma al tintero, porque hace un tiempo sólo escribo con pluma y tintero, el dibujo se completa desnudando silencios. Vence la claridad a la noche por completo hasta llegar al punto final; pausa suspensiva papel doblado, sobre. Mi silueta y sus manos temblorosas, otra pausa. Caminar dos pasos hacia la mesa de noche

Prendo el otro. Quemo la carta.

Cuarto piso

Al cuarto piso del edificio donde vivo se le vio por última vez el domingo pasado. No le he preguntado a nadie a dónde ha ido, pero puedo ver como respuesta un silencio incómodo y un tornar de ojos que no entiendo. Al cuarto piso del edificio donde vivo se le vio por última vez justo después de la tercera planta; antes de la quinta.

El edificio donde vivo tiene cinco pisos nada más, y yo vivo en el último. Como no hay ascensor, hago unos 84 escalones por trayecto. El trayecto, para alguien que sale de su casa solo para lo estrictamente necesario, es una tragedia completa, con todos sus actos. Desde el pasado domingo no he salido, pero puedo ver que el cuarto piso del edificio donde vivo ya no está ahí­.

El domingo pasado, cuando vi por última vez al cuarto piso de mi edificio estaba radiante. No soporté el brillo. Aunque duró poco y luego se esfumó. Desde el fondo del cuarto piso del edificio donde vivo, una voz de un hombre extraño en su hora de despertar, clamó de la forma más vulgar ese nombre que yo apenas y pronuncio con pudor, al grito de una solicitud, mientras rascaba su panza al viento, cubierta de pelo: «Mariana, traé leche y huevos».

Hay quiénes dicen que el cuarto piso del edificio donde vivo sigue ahí­. Yo no puedo, o no quiero creerlo, y por eso estoy preparando mudanza para el próximo domingo.

Lágrimas de cebolla

Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difí­ciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.

Cuenta el cuento que me contaron que un dí­a una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondí­a de igual forma una pasión sin par.

Viví­an ambos muertos de frí­o en la puerta de una nevera. Separados viví­an el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentí­a que cada capa de su cuerpo se endurecí­a con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.

Cuando se hací­a la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que habí­a llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festí­n del que difí­cilmente regresaban completas. Habí­an visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.

Cierto dí­a, de estos dí­as inciertos, se abrió la puerta del frigorí­fico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habrí­a opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.

Mientras llanto y frí­o atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí­, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.

Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decí­a resignada. Pero no contó con el plan del dí­a, y mucho menos con que hecho pedazos, vendrí­a luego el tomate a unirse con ella en un guiso magní­fico.

La partera Rosa

Su oficio, desde la frontera de su memoria adulta, fue ayudar a las mujeres del pueblo a traer sus hijos al mundo. Rosa era partera. Asistió en su trayectoria a más de cien nacimientos en múltiples condiciones. Recordaba todos y cada uno con peculiar detalle. Siempre contaba esas historias reposada en esa silla mecedora que acusaba el paso del tiempo, tanto como su casa, un rancho apenas en pie, en el que vivió por setenta años, tres meses y 14 dí­as.

Pese a haber presenciado el primer llanto de medio pueblo, Rosa tuvo siempre un anhelo insatisfecho. Nunca pudo concebir. No por asuntos fisiológicos que se lo impidieras, sino porque en su vida no contó hombre alguno entre sus amores, y porque entre sus amores nunca hubo vida alguna. Sus grandes amores, de dí­a y de noche, habí­a estado todos en el santoral de la iglesia católica. Rosa era devota hasta donde podí­a permitirse.

Iba a misa, puntualmente, una vez al dí­a. Vestí­a de chalina y camándula. Asistí­a siempre con su velón en mano. Hací­a de plañidera espontánea en los entierros del pueblo, pues la mayorí­a de esos muertos eran los hijos que nunca tuvo. Rosa, incluso, confesaba ante el cura de turno pecados que sólo estaban en su cándida imaginación. Así­ fue su última confesión:

Acúsome padrecito de que he pecado. Esta mañana cuando me levanté sentí­ tristeza y maldije mi desdicha. Mi fe alcanzó a verse afectada por mis penas terrenales. Me siento mal.

Ya sabe usted padrecito que he visto a muchos hijos de Dios llegar al mundo, pero ninguno de mi propio vientre. También, por historias que el pueblo no calla, sabrá usted padrecito que en mi vida no he conocido un hombre en la intimidad. Yo he sido fiel, padrecito, al único y más grande señor. He profesado y practicado el apego a la ley divina. Mas en momentos donde examino mi vida, puedo encontrar deseos nunca logrados que me han hecho dudar, padrecito.

La duda es mi enemigo padre. No logro desprenderme de ella, y eso, a un alma devota como la mí­a, le acompaña un desasosiego insoportable. Ya ni la oración, padrecito. Ya ni estas confesiones, padre.

Acaso, en mis últimos dí­as, puede cambiar para mí­ todo lo que ha sido hasta hoy cierto e inmutable¿? Puede la fe irse a algún lado lejos de mí­, cuando ha obrado como fiel escudera en mis tiempos de zozobra¿?

Por eso, padre, por eso acudo a usted hoy. Un cuerpo que no ha concebido es mi mayor desgracia, y un alma que no halla satisfacción, mi castigo.

Al terminar de pronunciarse en el recinto de confesiones, siempre la mirada al piso de madera, Rosa cerró sus ojos y esperó las palabras del Padre Antonio Burgos, quien en sus ocho años al servicio de la parroquia del pueblo, siempre supo como apaciguar su angustia. Y así­, buscándole con la mirada entre los pequeños barrotes sin conseguir sus ojos, le dijo:

No tegas temor hija mí­a de tu intranquilidad. En el tiempo que te he conocido, he sabido que eres un alma dedicada al servicio del hombre y los designios de Dios. Es humano tener dudas, y no eres mucho más que eso. Un humano evaluando sus pasos.

Puedo asegurarte además que, si bien por cuerpo propio no has experimentado el milagro de la maternidad, con tu labor constante y desinteresada has podido, sin duda, traer alegrí­a a muchos hogares.

En cuanto a tu fe, querida Rosa, puedo decirte que incluso Nuestro Señor Jesucristo halló dudas en su camino. Ve tranquila. Sigue tu sendero con todo lo que eres. Mantén tu frente alta, que tus obras piadosas te llevarán a un justo mañana.

Ese mañana llegarí­a rápido.

Una vez cumplidos sus padrenuestros de penitencia, más un par de oraciones extras aportadas a voluntad propia, salió de la iglesia rumbo a su casa con plena quietud en la turbulencia de sus dudas. Llegó al rancho y se sentó en la misma silla de siempre. Contempló la tarde sin mucho interés. Ya no pensó más en su pena. Ya no pensó más. Con el fondo del ocaso fue cerrando sus ojos.

Al dí­a siguiente, en el justo mañana, el pueblo entero conoció la noticia de su muerte y se vistió de luto. A las obras fúnebres de la partera Rosa asistieron todos y cada uno de esos hijos de la tierra que hubo recibido entre sus manos algún dí­a. Esos hijos de la tierra que, también, de alguna forma, fueron hijos de Rosa.

Hubo llanto y oración; hubo historias y recuerdos; resignación y agradecimiento; alegrí­a y tristeza juntas. Todo esto hubo en el pueblo, mientras desde la orilla opuesta miraba Rosa a esos sus hijos, que sin salir de sus entrañas, habí­an llenado de vida la suya teñida de soledad y tristeza.

Hay pasta

Marcelo decí­ase, y afirmábase en sendos revuelcos a su capacidad de asombro, que no habí­a experimentado cosa similar. Sacudí­ase inquieto. Buscaba su cuerpo, que estaba en el lugar de siempre, bajo su cabeza. Recurrí­a al pellizco a ratos. Visitaba los cercanos rincones de su cuarto vací­o, de dos metros de ancho, dos metros de largo y generosos dos metros con veinte de altura. Ante el espejo, único artilugio que aún quedaba sobre las paredes de color lila, cuestionaba su desconcertante desasosiego por lo que creí­a un logro.

Recordaba haber visto su colección de muñecos en un mueble de caoba que regalole su abuelo.  Tan sólo un par de dí­as antes los estuvo ordenando. Sus favoritos eran los de G.I. Joe.  Obligábase, además, a traer a su memoria el zapatero que, debajo de aquél mueble, permanecí­a sin su natural contenido. Siempre prefirió tener tan sólo unas sandalias cómodas y algún par de zapatillas para las ocasiones que lo ameritasen. También era coleccionista de Comics, y la vieja estructura de hierro recubierta en caucho resultábale perfecta como soporte para su repertorio.

La angustia púsole presión en su ceño cuando fijose en la huella de su cama. Estuvo a punto de olvidar el color original de las paredes de su cuarto. Ese lila intenso, que en una vida pasada pudo ser violeta, podí­a verse, de igual forma, justo ahí­ donde ya no estaban sus muy pocos cuadros. Dos para ser exactos. Un afiche con la foto de un amanecer cubano salido de algún viejo almanaque que enmarcó luego su tí­o solterón y un paisaje hecho de lentejas, guisantes y pastas de caracoles que contaba cinco años de edad menos que él. Por un tiempo, aquél paisaje comestible, fue el orgullo de su madre, cuando todaví­a alimentaba la esperanza de un hijo artista.

Así­, las marcas de los objetos que acompañáronlo antes, durante muchas horas, muchos dí­as, muchos meses y, sin duda, muchos años, llevábanlo de paseo por sus recuerdos. Aquéllos que no habí­ase llevado el camión de la mudanza, aquéllos que eran como su equipaje de mano. Una fatigosa carga que pretendí­a dejar, aún estando en su conocimiento que tal cosa no era posible.

Ya convencido de que era grave su situación, y de lo convencido ya casi entumecido, sintiendo poco, sacó una moneda para resolver su dicotómico dilema de una vez y por todas.  Aunque él no contaba con que su madre preparábase para la despedida de su niño grande, y ella tampoco vio venir el desenlace.  Procedió entonces a lanzar la moneda al aire, y el sonido de los redoblantes y aquél suspenso larguí­simo de medio segundo acaso, fue interrumpido por un aviso tajante vestido de dulzura que vení­a directo desde la cocina.

– Marcelo, hijo, ya le serví­. Hay pasta.

Al escuchar ésto y sin mirar el resultado de su consulta a la decisoria pieza de cobre, la metió de nuevo en su bolsillo, de donde sacó la tarjeta donde tení­a el número telefónico de Trasteos El Paisa.  Los llamarí­a más tarde para coordinar el retorno de sus posesiones a casa de sus padres y sentarí­ase una vez más a disfrutar su plato de macarrones con queso, esperando repetir fortuna a la hora de la cena.

Más tarde, con el estómago lleno, elegirí­a el matiz de la pintura con la que renovarí­a las paredes de su vida.