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Hablo de conmoción en mi caso porque los camiones y la carretera siempre fueron referentes de muchas cosas para mí. Mi papá, durante muchos años, se dedicó al transporte. De pasajeros, de mercancías, de semovientes, de lo que fuera. Algunas veces pude acompañarlo y probar la carretera. Otras veces simplemente se esperaba en casa su visita de un día por semana, porque la carretera nunca espera, la carretera siempre está lista para quien quiera entregarle su vida. Y él lo hacía, le entregaba su vida a la carretera.
Hace 7 años, un 15 de marzo, por medio de una llamada telefónica supimos que mi papá no volvería más a casa. Un accidente en plena carretera hizo que en su último viaje entre los vivos no llegara al destino asignado. Justo llegando a Caucasia, el pueblo donde nació, pudo silbar acaso su tango postrero; recuerdo que le gustaban los tangos.
Ahora que conozco el cuento de Pacho y su coincidencia con la fecha que cito no puedo evitar que los recuerdos se hagan más fuertes. Recuerdos de unos pocos meses antes cuando pude hacer un recorrido similar al de Pacho, pero a la inversa y en otro plan. El plan de viajar con mi papá teniendo yo 20 años. Mi primer y único viaje con mi papá en ese período que técnicamente llaman adultez.
De Medellín salimos con un cargamento de insumos para una panadería en Sincelejo, y otras cuantas cosas para Barranquilla, pasando por Cartagena. De Barranquilla, parando en Fundación para comernos un platano con queso, fuimos a Valledupar por mangos. Pero a Valledupar también fuimos porque allí se haría la imagen mental que más resalta cuando recuerdo a mi papá: un par de hamacas colgadas debajo del camión parqueado en una estación de servicio, con la brisa del Valle, una botella de ron y un par de tabacos que amenizaban el silencio entre dos personas con la misma sangre pero con poco que contarse. Recuerdos de empatía y vallenato. El ambiente impregnado de vallenato era la regla.
De Valledupar volvimos a Medellín tomando la carretera que pasa por Aguachica, llegando a Puerto Berrío para seguir hasta Barbosa Antioquia, donde Pacho espera ahora el inicio de su viaje, y donde, varados por un eje, hubo que esperar que una grúa nos remólcase para llegar al fin. Ahora que hago el recuento me percato de que este viaje tampoco llegó su destino de una forma ortodoxa. Coincidencia, tal vez. Jugarretas de memoria selectiva, puede ser.
Ese viaje, incluída la última docena de kilómetros a bordo de una grúa, es el símbolo de la poca o mucha cercanía que logré con Tanana, que así llamaban a mi papá en el ámbito camionero. Ese viaje incluso, es el recuerdo más potente que tengo sobre mi vida y su vida juntos.
Así, la propuesta de 8 Ruedas es de esas cosas que uno ve y dice: Carajo¡! por qué no se me ocurrió antes¿?. Y por eso me gusta tanto, por eso me ha movido fuerte. Por eso, precisamente, me ha hecho volver sobre los recuerdos que guardo en algún lado donde a veces ni yo mismo logro verlos.
En mi caso, por obligación, debo seguir el camino de 8 Ruedas.