Había una vez una vez sentada en un rincón encadenada a un árbol. Se negaba a iniciar cualquier historia. Estaba en huelga. Era una vez que hizo conciencia de su destino ya escrito y recogió fuerzas para alzar su voz de protesta; decir NO a las estructuras ya vistas a pesar de las consecuencias.
Y decía NO con énfasis contundente. Después de ver tantas veces de su familia desvanecerse en historias que nada contaban, había decidido dar un grito libertario. Se negaba a ser una simple anécdota, un detalle simpático. Hablaba esta vez por todas las veces. Aunque no todos sus motivos eran dignos.
Había una vez una vez envidiosa de las tramas y los desenlaces. Se tiraba de los pelos al pensar en los conflictos que veía a lo lejos, páginas adentro. Revolvía su estómago el imaginarse los finales, tristes o felices, trágicos o épicos. Todos le parecían igual de detestables, igual de pomposos y pagados de sí mismos.
Era una vez con experiencia en dramas y comedias. Había presenciado tanto descripciones hilarantes de oscuros personajes, como viajes por praderas nubladas entre el frío venido del norte y promesas de relatos sobre caballería. Lo había visto todo: sangre y llanto; amor y odio; tiranía y piedad.
Respiraba con agitación. Las manos apretadas, llenas de todos los sentimientos y emociones que pueden caber en un par de manos. Mientras estaba allí, encadenada y convencida del poder de sus acciones, cayó aletargada en el sueño de los relatos olvidados, de las letras no leídas. En un par de horas, o años, o siglos, se apagó esa voz que decía NO.
Había una vez una vez que nunca pudo contar el cuento.