Dundee’s Room

27 de mayo de 2009 / En video / 2 comentarios

Recuerdo un tiempo en que Dundee, como le llamamos al papá de mi mejor amigo, era el compañero de tardes. Nos sentábamos en el bar a ver por la ventana pasar carros y cosas. Ahora Dundee ha pasado una semana en el hospital y esperamos todos su recuperación.

Desde la ventana de un cuarto de hospital, Katex observa el mundo a ver si le muestra los dientes, y como el que busca encuentra…

140 fotos para llegar a esto. Mientras Dundee vuelve a casa, Katex conoce MovieMaker.

Lágrimas de cebolla

Érase Una Vez el Amor Pero Tuve que Matarlo III

Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difíciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.

Cuenta el cuento que me contaron que un día una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondía de igual forma una pasión sin par.

Vivían ambos muertos de frío en la puerta de una nevera. Separados vivían el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentía que cada capa de su cuerpo se endurecía con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.

Cuando se hacía la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que había llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festín del que difícilmente regresaban completas. Habían visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.

Cierto día, de estos días inciertos, se abrió la puerta del frigorífico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habría opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.

Mientras llanto y frío atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.

Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decía resignada. Pero no contó con el plan del día, y mucho menos con que hecho pedazos, vendría luego el tomate a unirse con ella en un guiso magnífico.

Mazamorra y panela machacada

16 de mayo de 2009 / Digo yo, pues / 14 comentarios

Es usual que los fines de semana el silencio matutino sea roto con un grito venido de la calle anunciando la llegada del mazamorrero. El mazamorrero es aquél que vende mazamorra.  La mazamorra es una especie de resabio culinario heredado en pocos territorios, y consistente en granos de maíz cocido nadando en su propio caldo y con frecuencia acompañado de leche y algún dulce.  La mazamorra es de mis comidas favoritas. Puedo pasar un día entero pegado de una buena olla de mazamorra y suficiente cantidad de panela machacada.

Desde pequeño he acudido al llamado del mazamorrero.  Apenas su oferta en forma de alarido atraviesa la ventana, desde adentro una voz anuncia que hay que buscar la olleta para ir a comprar unas cuantas tazas del manjar. Dos, cuatro, seis, dependiendo del ánimo y la cantidad de comensales. Ninguna a veces, cuando se cuenta con el maíz remojando desde la noche anterior para la preparación casera.

Ahora la mazamorra se prepara después de destapar un paquete. Antes, la mejor forma, la apropiada, incluía someter el maíz al contacto entre un mortero y un pilón. En vida, mi abuela recordaba siempre los tiempos en que ella misma pilaba el maíz para la mazamorra.  El mazamorrero trae mazamorra pilada y esa es su ventaja, porque el sabor logrado de un paquete definitivamente no es el mismo.

Podría decirse que la mazamorra entra en el nivel de esos que llaman gustos adquiridos. En otras regiones del país y el continente este brebaje tiene modos de cocción e ingredientes de todo tipo. No es lo mismo. No sabe igual. La mazamorra que yo he conocido es básica, simplona, sin mucha gracia, bastante humilde, pero es mi mazamorra, la que me recuerda a mi abuela, la que he comido desde siempre con panela machacada.

En la vía del método

8 de mayo de 2009 / Digo yo, pues / 4 comentarios

He llegado a concluir que con el debido condimento, el tiempo acorde de cocción, el cuidado de los procesos y el apego a la lista de ingredientes, es posible guisar manjares para paladear con sublime encanto en forma de letras, como afirmaba el discípulo de Sócrates:

Al contacto del amor, cualquiera se vuelve poeta. [Platón]

El tema no mencionado es que no se ha escrito receta alguna de comprobada y total efectividad para llegar a la poesía siguiendo este camino. De ahí que la cuestión recae sobre la acción de asumir una postura clara: ir por la vía del método estricto y cerebral u optar por la experimentación y su amplio margen de error. Así somos los humanos. Tal vez de ahí provenga el auge de la llamada cocina fusión.

Se cuecen cosas ♥

Los vientos del viaje

7 de mayo de 2009 / Digo yo, pues / 3 comentarios

Nunca antes una película colombiana me había generado tal expectativa.  Desde que vi el trailer oficial que nos mostraron como sorpresa en una proyección en el Teatro Lido hace un par de meses, estuve esperando el estreno de Los Viajes del Viento.  Al fin, cuando llegó el día, pude comprobar que no era gratuita la espera. He visto el largometraje y puedo decir que me he quedado atrapado en los vientos de este viaje.

La referencia al viento, manifiesta en el tratamiento que requiere el sonido para un producto de este tipo, es permanente a lo largo del filme. Zumba y revuelca las ideas, la razón misma y, cosa natural, la sensibilidad. La arena del desierto, las plantas del cultivo, los mitos de la sierra, las notas de un lamento vallenato, todos viajan en el viento.  Todos zumban sin descanso acompañando el recorrido, y para tener el mejor registro de tal movimiento, el equipo que ha creado esta obra se habrá tenido que entregar al sueño de estampar aquì su huella.

Hace poco se me despertó el afán de hacer cine, de trabajar en cine, de pasar de sólo ver películas a hacer más.  Gracias a que entre mis amigos hay un montón de locos que creen en el sueño audiovisual, cada vez lo veo más cerca. Un par de proyectos de esos que se mueven en lo inthependiente, y la ilusión de estar escribiendo mi primer guión para un largometraje, hacen que la experiencia de ver esta segunda película de Ciro Guerra me llene de esperanza y me recargue las pilas; con el viento mismo, y con mis sueños de brújula, me invitan a seguir viajando.

Hablo de lo que debe significar estar un período de tiempo recorriendo terrenos cargados de esa realidad que creemos que le pertenece a la magia, al mito. Hablo de recorrer estos terrenos soportando el clima del día con una carga de equipos al hombro y todas las expectativas en la cabeza y en cartas de intención.  Hablo de lo que debe significar ver un producto de tal calidad terminado y hablándole al mundo con toda honestidad, sin lentejuelas ni canutillos. Historia, paisajes, lenguas, personajes y demás, como los que se exponen aquì, no se ven todos los días en nuestro entorno; o mejor, no las vemos en el cine, pero a diario nos las cuenta el viento mismo.

Creo que será esta una película para odios y amores profundos. Como espectador te pide echar mano del potencial espíritu contemplativo que hay en todos nosotros; quien vaya en busca del rollo con chiste fácil o traquetos y tetas infladas, puede quedar decepcionado; pero si sos capaz de abrir los ojos y el resto del ser para quedar un rato a la merced del viento, el viaje te llevará de visita por lugares que parecieran salidos de otro mundo, pero no, todos y cada uno son Colombia y sus olvidos.

Por esto, mi revuelta sensibilidad y yo, recomendamos ver Los viajes del viento

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