Hay una niña vecina que suele llegar a mi casa y preguntar si está la señora que “alegra” la ropa. Mi madre es modista, y yo le digo que sí a esta niña con una sonrisa cada vez que sucede lo que cuento. No es pertinente corregirla. Antes que pensar en que la niña se equivoca, y que está en ese proceso por el que pasamos todos, y en el que algunos nos quedamos por siempre, de aprender a juntar unas sílabas con otras para intentar dar forma verbal a lo que pensamos y sentimos, me paso al bando de ella.
Esta niña ha traído a mí una figura que me llena de regocijo y de orgullo: mi madre se ha dedicado unos 30 años de su vida a alegrar el atuendo de muchas personas, incluido quien aquí escribe.
Armada de hilos, agujas, botones y su habilidad acumulada, Doña Eunice, mi madre, ha sabido interpretar los gustos de tantas y tantas señoras, niños, niñas y señores también, que dejan un fútil rastro hecho de números en las hojas de su cuaderno de medidas. Ese cuaderno, en este escenario, viene siendo el registro de fórmulas matemáticas para confeccionar la alegría de muchos.
Alegría con vida útil. Hecha a medida, cortada al molde, al gusto del cliente.
Es que quién no se ha sentido bien por el sólo hecho de vestir una prenda que cree muy personal, muy del gusto propio¿? Aun si somos de la idea de que la apariencia no importa, en algún momento de esta nuestra vida hemos de haber tenido un vestido favorito, una camisa de la suerte o un pantalón preferido por comodidad. A eso me refiero.
A diario busco rendirle homenaje a Doña Eunice, mi madre, entregándole mi confianza, el testimonio de mi orgullo por ser su hijo. Hoy, como asunto azaroso, la repetición de la escena con la niña vecina, ha traído a mí un aire de motivación rotunda por ser descendiente de una confeccionista de alegrías.
Hay días en que sientes la necesidad de un cambio de dirección en tu camino. No un movimiento de 180 grados que te lleve en la dirección opuesta. Ni siquiera un giro agresivo a izquierda o derecha. Tan solo un ligero cambio de rumbo puede bastar. El truco debe estar entonces en encontrar el punto de inflexión apropiado. Creo que he encontrado uno. Veremos.
Se han muerto las mariposas. Se presume, luego de las pesquisas post mortem, que cuatro de ellas se fueron agobiadas por el abandono; otras cinco, las restantes, abrasadas por el fuego emanado de la explosión repentina del volcán aledaño a su terruño.
Se han muerto las mariposas, pero nadie las ha visto morir. Han sido encontradas allí, reposando en los revolcones a los que han sido sometidas. Sonríen aún estando inertes. Ausentes. Felices. De dónde vendrá la sonrisa de las mariposas¿? No hay respuesta. Sólo se les ve sonreír. Queda el vacío. El vacío del anhelo lejano, extraño e imposible; impasible también.
Se han muerto las mariposas, de repente, solitarias. Se supone una muerte lenta, de gritos y desparpajo; de desesperanza y desilusión. Su sonrisa genera la duda. Por qué sonríen las mariposas¿?
Si han muerto por qué sonríen¿? Estarán acaso seguras del eterno retorno¿? Del cíclico ser¿? De la fuerza de su energía vital¿? No será posible saberlo hasta conocer las razones que las llevaron a dejarse ir en el inhóspito río de llanto que se paseaba en frente suyo.
Finalmente han sucumbido al fuego de aquél volcán apasible que se observó siempre ahí, cerca, como testigo paciente de su lúbrico revoloteo.
Se han muerto las mariposas. Nadie las llora. Ellas aún ríen.
Reiremos con las mariposas¿?
[Fragmento de un texto abandonado hace seis años. Una pretendida novela que quiere volver a vivir.]
Es usual que los fines de semana el silencio matutino sea roto con un grito venido de la calle anunciando la llegada del mazamorrero. El mazamorrero es aquél que vende mazamorra. La mazamorra es una especie de resabio culinario heredado en pocos territorios, y consistente en granos de maíz cocido nadando en su propio caldo y con frecuencia acompañado de leche y algún dulce. La mazamorra es de mis comidas favoritas. Puedo pasar un día entero pegado de una buena olla de mazamorra y suficiente cantidad de panela machacada.
Desde pequeño he acudido al llamado del mazamorrero. Apenas su oferta en forma de alarido atraviesa la ventana, desde adentro una voz anuncia que hay que buscar la olleta para ir a comprar unas cuantas tazas del manjar. Dos, cuatro, seis, dependiendo del ánimo y la cantidad de comensales. Ninguna a veces, cuando se cuenta con el maíz remojando desde la noche anterior para la preparación casera.
Ahora la mazamorra se prepara después de destapar un paquete. Antes, la mejor forma, la apropiada, incluía someter el maíz al contacto entre un mortero y un pilón. En vida, mi abuela recordaba siempre los tiempos en que ella misma pilaba el maíz para la mazamorra. El mazamorrero trae mazamorra pilada y esa es su ventaja, porque el sabor logrado de un paquete definitivamente no es el mismo.
Podría decirse que la mazamorra entra en el nivel de esos que llaman gustos adquiridos. En otras regiones del país y el continente este brebaje tiene modos de cocción e ingredientes de todo tipo. No es lo mismo. No sabe igual. La mazamorra que yo he conocido es básica, simplona, sin mucha gracia, bastante humilde, pero es mi mazamorra, la que me recuerda a mi abuela, la que he comido desde siempre con panela machacada.
A los goles que no hice les extraño los domingos. Suelo estar enfrente de la televisión buscando ver a quiénes sí han tenido la fortuna de entrar en el mercado infame que es hoy el fútbol. Yo tenía de niño la ilusión de ser jugador profesional. Lo soñaba cada tanto, o me estrellaba otras veces. Quise llegar a ser profesional del fútbol pero no lo logré.
Jugar al fútbol sigue siendo un placer, pero cuando querés hacerlo a nivel profesional, la cosa cambia. El nivel de exigencia es alto. Si a los 15 o 16 años no has alcanzado cierto reconocimiento a nivel competitivo en tu entorno, podés asegurar que el salto no se va a dar. Yo lo supe a los 14 y fue por cuestión de talento. Siempre he tenido nivel para un partido de cuadra, de esos con piedras como arcos y apuesta de un litro de refresco, pero para vivir de eso, honestamente, no había lo suficiente, y por eso opté por la alternativa de jugar a la dirigencia.
A los 15, ya seguro de que mi futuro serían los partidos de casados contra solteros que organizan en el barrio, me dí a la tarea de vivir del fútbol desde otra posición. Durante unos seis años trabajé en el fútbol infantil de Bello, mi ciudad. Alcancé a hacer de todo. Fui director y asistente técnico, obré de árbitro algunas veces, participé en la organización de torneos con más de 500 inscritos, marqué canchas, puse mallas, convoqué desfiles, confeccioné uniformes, hice carnets y otras tantas cosas que me enseñaron otras más. Durante unos seis años intenté convencerme de que el fútbol aún era mi lugar. Pero seguía añorando los goles que no hice.
Además de las tareas asociadas a mi trabajo, siempre quería jugar cuanto pudiera. Quería demostrarme que esos goles que no hice a nivel profesional no habían llegado por falta de energía. Siempre he sido de los que quieren dejarlo todo en la cancha. A veces, incluso, pasado de revoluciones, aparecí frente a amigos o compañeros de ocasión en el juego, como un afiebrado inaguantable. Siempre he tratado de ir a por la última opción, y cuando juegas en una cancha espontánea, de esas cuyos límites no existen o se funden con un matorral, puede resultar hasta peligroso.
Hoy, que leía a Juan David que escribe sobre el fútbol en su vecindad, ha vuelto a mí la imagen de esos goles que no hice. Uno de chilena con total plasticidad, otro salido de una seguidilla de pases que emocionaran a la afición, alguno de cabezazo potente al piso, tal como me enseñaron y el de taco, que en las canchas de futbolito y con mis compañeros de juego, se había convertido en fórmula.
Ya van seis años largos desde que me alejé de ese trabajo anterior. Ahora los partidos dominicales con amigos son cada vez menos frecuentes. Ya ni Cande, ni Pipi, ni Orio, ni el mono, ni el sapo, ni otros de antes, están disponibles para un simple pateo de fin de semana. Claro está, tampoco llegué a ser profesional aunque lo quise con todo mi entusiasmo.
Ahora, a los goles que no hice los llevo entre mis recuerdos de cosas que nunca fueron y que son la base diaria de mi motivación personal.
Pacho, más conocido como cinealoido, ha empezado una aventura simpática que me conmueve bastante. Desde hoy, en compañía de Carlos, hará un recorrido en camión por una ruta que incluye Cali, Bogotá, Cúcuta y Barranquilla como destinos, para terminar de nuevo en Medellín en la nave de Juan Camilo, un camionero de los de siempre. El recorrido está planteado para contar historias, emitir en vivo a ratos vía Internet y registrar su experiencia a diario.
8 Ruedas se llama el proyecto, y es realizado por el combo de nullun.
Hablo de conmoción en mi caso porque los camiones y la carretera siempre fueron referentes de muchas cosas para mí. Mi papá, durante muchos años, se dedicó al transporte. De pasajeros, de mercancías, de semovientes, de lo que fuera. Algunas veces pude acompañarlo y probar la carretera. Otras veces simplemente se esperaba en casa su visita de un día por semana, porque la carretera nunca espera, la carretera siempre está lista para quien quiera entregarle su vida. Y él lo hacía, le entregaba su vida a la carretera.
Hace 7 años, un 15 de marzo, por medio de una llamada telefónica supimos que mi papá no volvería más a casa. Un accidente en plena carretera hizo que en su último viaje entre los vivos no llegara al destino asignado. Justo llegando a Caucasia, el pueblo donde nació, pudo silbar acaso su tango postrero; recuerdo que le gustaban los tangos.
Ahora que conozco el cuento de Pacho y su coincidencia con la fecha que cito no puedo evitar que los recuerdos se hagan más fuertes. Recuerdos de unos pocos meses antes cuando pude hacer un recorrido similar al de Pacho, pero a la inversa y en otro plan. El plan de viajar con mi papá teniendo yo 20 años. Mi primer y único viaje con mi papá en ese período que técnicamente llaman adultez.
De Medellín salimos con un cargamento de insumos para una panadería en Sincelejo, y otras cuantas cosas para Barranquilla, pasando por Cartagena. De Barranquilla, parando en Fundación para comernos un platano con queso, fuimos a Valledupar por mangos. Pero a Valledupar también fuimos porque allí se haría la imagen mental que más resalta cuando recuerdo a mi papá: un par de hamacas colgadas debajo del camión parqueado en una estación de servicio, con la brisa del Valle, una botella de ron y un par de tabacos que amenizaban el silencio entre dos personas con la misma sangre pero con poco que contarse. Recuerdos de empatía y vallenato. El ambiente impregnado de vallenato era la regla.
De Valledupar volvimos a Medellín tomando la carretera que pasa por Aguachica, llegando a Puerto Berrío para seguir hasta Barbosa Antioquia, donde Pacho espera ahora el inicio de su viaje, y donde, varados por un eje, hubo que esperar que una grúa nos remólcase para llegar al fin. Ahora que hago el recuento me percato de que este viaje tampoco llegó su destino de una forma ortodoxa. Coincidencia, tal vez. Jugarretas de memoria selectiva, puede ser.
Ese viaje, incluída la última docena de kilómetros a bordo de una grúa, es el símbolo de la poca o mucha cercanía que logré con Tanana, que así llamaban a mi papá en el ámbito camionero. Ese viaje incluso, es el recuerdo más potente que tengo sobre mi vida y su vida juntos.
Así, la propuesta de 8 Ruedas es de esas cosas que uno ve y dice: Carajo¡! por qué no se me ocurrió antes¿?. Y por eso me gusta tanto, por eso me ha movido fuerte. Por eso, precisamente, me ha hecho volver sobre los recuerdos que guardo en algún lado donde a veces ni yo mismo logro verlos.
En mi caso, por obligación, debo seguir el camino de 8 Ruedas.
Entre el final de diciembre y las primeras dos semanas de enero de este año me dejé tentar por el sueño audiovisual; sueño que se convirtió en insomnio, una suerte de insomnio asociado a las expectativas sin cumpir. Un grupo de amigos me invitaron a trabajar con ellos unos días en la realización de un telefilm, y yo que me pego de un avión fallando no pude decir que no.
Me apunté en el equipo de esta, que era una de esas producciones que conozco de hace rato, donde se trabaja con las uñas y el corazón descubierto. El producto estaría a cargo de dos productoras nacientes, Nación Latina Films, mis amigos, con quienes hicimos el trabajo de campo y todo lo demás, y MDE Cine/TV, nuevas caras para mí, y que aportaron su cámara y la post-producción al proyecto.
En dos semanas de rodaje nos dedicamos a lo que tocaba: intentar administrar el tiempo pa’ que rindiera, disfrutar del trabajo en equipo, hacer a un lado las carencias con creatividad, y claro, lidiar con uno que otro roce, de esos que genera la convivencia. Dos semanas de rodaje con un equipo de unas veinte personas y al final, cada quien retomó su rumbo a otros proyectos, o a los mismos. Con algunos de ellos seguro nos veremos en otras quijotadas.
Siempre, después de un ejercicio de este tipo, donde se juntan voluntades más que contratos, queda la expectativa. El material en bruto se va a post-producción, la tarea le queda a unos cuantos privilegiados, y el resto del equipo se come esas uñas con las que trabajó, esperando el resultado de ese período de entrega que llaman rodaje.
Y ya está, al menos el trailer, que no me gustó, pero nada puedo hacer. Luego de los quince días de un lado a otro, los señores de MDE Cine/TV se apoderaron de las tomas y cual Gollum protector de su tesoro, se cerraron al mundo y no respondieron los llamados, mientras Director y resto del equipo susurraban de fondo por su hijo secuestrado. Por su cuenta, estos señores hicieron la edición como quisieron, sin contar con nadie. Qué tristeza¡! Una empresa que quiere hacerse un camino en el medio sale con una actitud de éstas que no hace justicia a la buena voluntad con la que el resto de la gente trabajó en el telefilm.
Como algún proyecto en el que he estado antes, la cosa no terminó bien. Ahora, la gente de MDE no asume su responsabilidad en las fallas del producto final. Quieren lavarse las manos, y encima pedir una cantidad exagerada de dinero por el trabajo que hicieron a medias. Y me repito Qué tristeza¡!
No digo que no vuelvo a poner mi voluntad en este tipo de proyectos, porque estaría mintiendo. Lo que sí me queda claro es que lastimosamente hay que dudar todo el tiempos, irse con cautela ante las propuestas informales, exigir contratos con todas sus cláusulas, y que a título de estas experiencias se aprende a lidiar con el insomnio, aunque sea con la pérdida de unas cuantas noches de sueño audiovisual.