
Como puede hundirse en el drama, tiene días de euforia donde no se cambia por nadie. Tiene la habilidad de pasar de la tristeza que invita al corte de venas, al vértigo de las carcajadas que se contagian.
Por las mañanas, hay que ver la frescura y las ganas de hablar, de compartir inquietudes, preguntas y respuestas. A pesar de algunos días, donde deja ver sus penurias, en las mañanas suele ser todo cordialidad. Ya en las tardes se pone musical. Tararea y canta. Canta y tararea. Quiere ver la llegada del final del día. Y al final del día, oh, al final del día se dedica al ocio. Pues, aunque ya ha sabido sacar de su tiempo buenos ratos para su diversión, en la noche es cuando más libre se siente para dejarse ir en tonterías bonitas y otros menesteres.
A veces me dan ganas de quitarle el saludo, de ignorarle y seguir mi camino pero es muy complicado. Sería ingratitud. Tengo que reconocer que me ha ayudado en cosas. Por sus favores he conseguido algún trabajo, resuelto dudas, conseguido nuevos amigos, aprendido cosas, visitado lugares, estallado en risas o hasta iniciado nuevos proyectos que me llevan a donde quiero ir.
He aprendido a quererle, a estimarle por lo que es, aún cuando a mis oídos lleguen comentarios que le dejan por el suelo. Le he insertado en mi vida, en mi cotidianidad, con lo bueno y lo malo, con lo útil y lo valioso. No es que no pueda sobrevivir sin su existencia, sino que la existencia se me hace más divertida con su compañía.
Y no, no es de carne y hueso. Es un monstruo de bits y se llama Twitter.