Si el dos va luego del uno todo está bien.
Calma populista, tus nutridos gérmenes viven aún.
Y vivirán.
Si el uno va luego del dos, en cambio, todo es igual.
Animaos oprimidos, hay baile en la noche, dicen.
A bailar.
A veces, sólo a veces, es necesario decir mentiras. Pero no sólo cuando es necesario se dicen mentiras y no sólo cuando es necesario se echan dizque cuentos.
Si el dos va luego del uno todo está bien.
Calma populista, tus nutridos gérmenes viven aún.
Y vivirán.
Si el uno va luego del dos, en cambio, todo es igual.
Animaos oprimidos, hay baile en la noche, dicen.
A bailar.
Al cuarto piso del edificio donde vivo se le vio por última vez el domingo pasado. No le he preguntado a nadie a dónde ha ido, pero puedo ver como respuesta un silencio incómodo y un tornar de ojos que no entiendo. Al cuarto piso del edificio donde vivo se le vio por última vez justo después de la tercera planta; antes de la quinta.
El edificio donde vivo tiene cinco pisos nada más, y yo vivo en el último. Como no hay ascensor, hago unos 84 escalones por trayecto. El trayecto, para alguien que sale de su casa solo para lo estrictamente necesario, es una tragedia completa, con todos sus actos. Desde el pasado domingo no he salido, pero puedo ver que el cuarto piso del edificio donde vivo ya no está ahí.
El domingo pasado, cuando vi por última vez al cuarto piso de mi edificio estaba radiante. No soporté el brillo. Aunque duró poco y luego se esfumó. Desde el fondo del cuarto piso del edificio donde vivo, una voz de un hombre extraño en su hora de despertar, clamó de la forma más vulgar ese nombre que yo apenas y pronuncio con pudor, al grito de una solicitud, mientras rascaba su panza al viento, cubierta de pelo: “Mariana, traé leche y huevos”.
Hay quiénes dicen que el cuarto piso del edificio donde vivo sigue ahí. Yo no puedo, o no quiero creerlo, y por eso estoy preparando mudanza para el próximo domingo.
Foto de barloventomagico en Flickr. CC – Atribución, No Comercial, Sin derivadas.
Alguna vez quise ser un pájaro. Soñaba yo con ir alzado en vuelo sobre las ramas del patio inmenso que había en la parte trasera de la casa de mis abuelos, y que daba justo a la calle principal del pueblo. Viajaba en el umbral de la hipnosis de los frutos del mango a la corteza raída del nogal que un día fue el orgullo de mamá Ana. Sin apuros, sin destino. Dos alas para procurarme el fluír de la vida y un pico que me asegurase el equilibrio enzimático.
Muchas noches, en la conocida posición de expectativa que suponen dos ojos queriendo escapar hacia la luna a través de la ventana, mi humanidad se engañó a sí misma y voló a la copa del árbol que coronaba el patio. Desde allí, altanero, gritaba mi conciencia cada sentimiento guardado entre las paredes construidas durante años por el rigor del ser social, pero cada grito formaba, al contacto con el aire, las ondas de un trinar. Iluso yo al pensar que el gorjeo era sonido ajeno al oído humano. Así, desprevenido, liberaba mis verdades inacabadas al aire frío de esas noches de pueblo perdido en el olvido que empezaba al terminar la carretera de llegada a Los Rosales.
Como yo, en Los Rosales siempre hubo soñadores que se imaginaron emular el vuelo de una golondrina o un turpial. Porque en Los Rosales no hubo nunca nada más que golondrinas y turpiales; así, nunca hubo nada más que imaginasen los soñadores. Cuestionable actitud aquella, que sólo podía comprenderse en la observación de la geografía del pueblo, rodeado de montañas a tal punto que el horizonte perecía en unas cortas 50 hectáreas en cualquier dirección.
Resultado de esa noche de euforia, de baile de onomatopeyas, de agitación de alas, vino una mañana de sol rotundo que golpeaba el cuerpo desnudo de quién aquí cuenta, extendido en mitad de la calle; esa principal que atravesaba las ocho manzanas que contaba el caserío.
Al abrir los ojos, atacados por el astro fulgurante que despuntaba al oriente con mayor fuerza que de costumbre, me encontré observado por un tumulto disperso que se alineaba a lado y lado de la calle, murmurando entre ellos historias de un loco que había aterrorizado al pueblo entero la noche anterior en una inusitada correría acompañada de improperios hacia el dios de sus cielos y los hombres de esta tierra.
Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difíciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.
Cuenta el cuento que me contaron que un día una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondía de igual forma una pasión sin par.
Vivían ambos muertos de frío en la puerta de una nevera. Separados vivían el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentía que cada capa de su cuerpo se endurecía con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.
Cuando se hacía la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que había llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festín del que difícilmente regresaban completas. Habían visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.
Cierto día, de estos días inciertos, se abrió la puerta del frigorífico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habría opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.
Mientras llanto y frío atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.
Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decía resignada. Pero no contó con el plan del día, y mucho menos con que hecho pedazos, vendría luego el tomate a unirse con ella en un guiso magnífico.
Su oficio, desde la frontera de su memoria adulta, fue ayudar a las mujeres del pueblo a traer sus hijos al mundo. Rosa era partera. Asistió en su trayectoria a más de cien nacimientos en múltiples condiciones. Recordaba todos y cada uno con peculiar detalle. Siempre contaba esas historias reposada en esa silla mecedora que acusaba el paso del tiempo, tanto como su casa, un rancho apenas en pie, en el que vivió por setenta años, tres meses y 14 días.
Pese a haber presenciado el primer llanto de medio pueblo, Rosa tuvo siempre un anhelo insatisfecho. Nunca pudo concebir. No por asuntos fisiológicos que se lo impidieras, sino porque en su vida no contó hombre alguno entre sus amores, y porque entre sus amores nunca hubo vida alguna. Sus grandes amores, de día y de noche, había estado todos en el santoral de la iglesia católica. Rosa era devota hasta donde podía permitirse.
Iba a misa, puntualmente, una vez al día. Vestía de chalina y camándula. Asistía siempre con su velón en mano. Hacía de plañidera espontánea en los entierros del pueblo, pues la mayoría de esos muertos eran los hijos que nunca tuvo. Rosa, incluso, confesaba ante el cura de turno pecados que sólo estaban en su cándida imaginación. Así fue su última confesión:
Acúsome padrecito de que he pecado. Esta mañana cuando me levanté sentí tristeza y maldije mi desdicha. Mi fe alcanzó a verse afectada por mis penas terrenales. Me siento mal.
Ya sabe usted padrecito que he visto a muchos hijos de Dios llegar al mundo, pero ninguno de mi propio vientre. También, por historias que el pueblo no calla, sabrá usted padrecito que en mi vida no he conocido un hombre en la intimidad. Yo he sido fiel, padrecito, al único y más grande señor. He profesado y practicado el apego a la ley divina. Mas en momentos donde examino mi vida, puedo encontrar deseos nunca logrados que me han hecho dudar, padrecito.
La duda es mi enemigo padre. No logro desprenderme de ella, y eso, a un alma devota como la mía, le acompaña un desasosiego insoportable. Ya ni la oración, padrecito. Ya ni estas confesiones, padre.
Acaso, en mis últimos días, puede cambiar para mí todo lo que ha sido hasta hoy cierto e inmutable¿? Puede la fe irse a algún lado lejos de mí, cuando ha obrado como fiel escudera en mis tiempos de zozobra¿?
Por eso, padre, por eso acudo a usted hoy. Un cuerpo que no ha concebido es mi mayor desgracia, y un alma que no halla satisfacción, mi castigo.
Al terminar de pronunciarse en el recinto de confesiones, siempre la mirada al piso de madera, Rosa cerró sus ojos y esperó las palabras del Padre Antonio Burgos, quien en sus ocho años al servicio de la parroquia del pueblo, siempre supo como apaciguar su angustia. Y así, buscándole con la mirada entre los pequeños barrotes sin conseguir sus ojos, le dijo:
No tegas temor hija mía de tu intranquilidad. En el tiempo que te he conocido, he sabido que eres un alma dedicada al servicio del hombre y los designios de Dios. Es humano tener dudas, y no eres mucho más que eso. Un humano evaluando sus pasos.
Puedo asegurarte además que, si bien por cuerpo propio no has experimentado el milagro de la maternidad, con tu labor constante y desinteresada has podido, sin duda, traer alegría a muchos hogares.
En cuanto a tu fe, querida Rosa, puedo decirte que incluso Nuestro Señor Jesucristo halló dudas en su camino. Ve tranquila. Sigue tu sendero con todo lo que eres. Mantén tu frente alta, que tus obras piadosas te llevarán a un justo mañana.
Ese mañana llegaría rápido.
Una vez cumplidos sus padrenuestros de penitencia, más un par de oraciones extras aportadas a voluntad propia, salió de la iglesia rumbo a su casa con plena quietud en la turbulencia de sus dudas. Llegó al rancho y se sentó en la misma silla de siempre. Contempló la tarde sin mucho interés. Ya no pensó más en su pena. Ya no pensó más. Con el fondo del ocaso fue cerrando sus ojos.
Al día siguiente, en el justo mañana, el pueblo entero conoció la noticia de su muerte y se vistió de luto. A las obras fúnebres de la partera Rosa asistieron todos y cada uno de esos hijos de la tierra que hubo recibido entre sus manos algún día. Esos hijos de la tierra que, también, de alguna forma, fueron hijos de Rosa.
Hubo llanto y oración; hubo historias y recuerdos; resignación y agradecimiento; alegría y tristeza juntas. Todo esto hubo en el pueblo, mientras desde la orilla opuesta miraba Rosa a esos sus hijos, que sin salir de sus entrañas, habían llenado de vida la suya teñida de soledad y tristeza.
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