Dizque cuentos y otras mentiras

A veces, sólo a veces, es necesario decir mentiras. Pero no sólo cuando es necesario se dicen mentiras y no sólo cuando es necesario se echan dizque cuentos.

La técnica avestruz

Me dices que alguna vez percibiste cómo al contacto de tu piel con el agua de la piscina podía verse el vapor emanar de la superficie, mientras en el fondo, rubicunda y confundida, pensabas en un plan para evadir el resto de tus días lo que acababas de descubrir. A propósito del clima. Eso lo dices mientras sonríes, y tus ojos parecen irse de paseo a ese tiempo en que imagino la misma figura, el mismo ímpetu, la misma resolución en las palabras. Pasea en la memoria una frase de otra conversación: nadie cambia, solo nos hacemos menos animales.

Sigues, y cuentas que desde aquél tiempo supiste que tu relación con el mundo sería de huidas y escondrijos. Que aprendiste a descifrar la fórmula para evitar la confrontación. La técnica avestruz, apuntas con ese brillo en los ojos que produce el ingenio, al entrar en detalles previos a la anécdota que te ocupa. Todo esto en frente mío, al otro lado de la mesa gigante de un metro de ancho.

Que era un muchacho delgadito, hasta feo, pero que a ti te partía el corazón que no te mirara, que pasara de largo y ni se diera por enterado de que existías. Eso es muy duro cuando tenés 10 años. Aunque, ahora que lo piensas bien, lo que más te dolía era verlo juntándose con la negrita de la casa de al lado. Eso era una tortura. Bendita negrita. Otra sonrisa. La mirada viaja a las entrañas y se oscurece por un momento. La botella de cerveza está casi vacía, pero llena de imágenes mi pizarra de cuestiones pendientes.

Era un verano. Coincidieron en un paseo con tus primos. La negrita, el flaco y tú. No sabías muy bien qué era lo que producía la suma de tantas sensaciones juntas. El niño que te ponía inquieta estaría a unos cuantos metros de distancia por un día entero. Desde que llegaron al balneario no hiciste más que buscarlo con la mirada. Siempre estaba con la negrita. Bendita tortura. Pido al mesero un par de cervezas más con un gesto sutil para no interrumpir tu paseo al recuerdo. Juegas con la etiqueta de la botella que recién llegó a la mesa, y sigues en tu historia, y yo en ella. Testigo de fe, cómplice por decisión. Bendita tortura.

Describes el traje de baño que estrenabas ese día: piñas, naranjas y otras frutas tropicales. Ríes estrepitosamente con la imagen de tu cuerpo recogido, lleno de ira, que espiaba la escena detrás de un árbol. La negrita, el flaco y un primo tuyo conversaban ruidosamente. Eran celos lo que sentías, mas no sabías qué eran los celos. Aun así recogiste fuerza y te encaminaste a ocupar la silla vacía al lado de la pileta para unirte a la conversación. El cuerpo seguía incómodo y las sesanciones era cada vez menos conocidas.

Desarmo tu frase mentalmente aprovechando el corto silencio que la enmarca. Incomodidad. Sensaciones. Desconocidos. Bebo un trago de la botella y una gota cae sobre mi camisa, eso llama tu atención por un segundo, pero sigues acodada en tu memoria. Con emoción, después del bache oscuro, relatas el momento en que la negrita y tu primo tuvieron que acudir al llamado de algún adulto. Los nervios creciendo, el no saber qué es lo que se siente. Quedarse solos. Eso es muy duro cuando tenés diez años. Pienso en cuán difícil es emitir el primer fonema de un hilo confesional. Pienso en lo que era tener diez años y en lo lejos que estoy de eso, a pesar de lo que dice mi psicólogo.

Te sonrojas emulando la situación. Después de un largo silencio le dijiste algo que no tenías premeditado. Tu primera palabra fue una sonrisa de esas. Esas. Luego, sin preámbulo, un reclamo. Que el por qué andaba con esa niña que no le convenía, que se estaba desperdiciando, que tan bobo. Y así una perorata que adentro me produce estragos. Una pausa dramática antecede al final del recuerdo.

Me dices que al quedarte callada el negrito te miró fijamente, para que pusieras atención a lo que te diría. Temblabas. Las frutas en el traje de baño parecían caerse de maduras. Abriste los ojos como sabes abrir los ojos para apoyar una sentencia: me gusta es usted, dijo, exclamas entusiasmada. Saboreas la emoción lejana, fantaseas con lo que fue. Un trago de cerveza y la cara iluminada que me mira esperando reacción. Y adivina lo que yo hice, me interpelas de forma retórica pues muy bien sabes que no tengo idea a dónde va la historia. Sin espera, cuentas que corriste a sumergirte en la piscina y nunca le hablaste más al bendito negrito. Que así fue tu primera historia de amor. La técnica avestruz.

Sonríes de nuevo. Mi corazón virginal, desprovisto de estos relatos, duda, baila, busca razones. La cerveza se acaba otra vez y el silencio se infla. Mientras esperas de mi parte el puente que de paso a que siga la conversación, en lo único que logro pensar para tranquilizarme es en que fue una buena decisión no haberte citado en ese bar de terraza que tiene una piscina al lado.

Cluecas

Las ves caminar intactas, sin mácula.
En épocas de colegial rompían básculas
mas determinación, ungüentos miles,
dietas, cardio y televisión,
sumado a cien pieles textiles
soportan, calmos, la ilusión.

Prolijas van con sus carteritas,
pulcras, invictas, perfumaditas.
Mezcla de alcohol y aromas frutales,
cubierta en polvo, tímidos bríos,
kit de valores elementales,
locuacidad que hace ríos.

Van soñolientas, recién bañadas,
sin evidencia, apenas afectadas,
por las tantas noches de rutina,
acumuladas por libreto impuesto,
entre pantalla y cocina,
entre ideologías de repuesto.

No hay puente posible,
vil pasión por combustible,
satisfacción que es una venda,
avanzan triunfantes las gallinas,
hacen a tacón su senda,
otro decir son pamplinas.

Son las drogas

23 de noviembre de 2011 / Dizque cuentos y otras mentiras / 1 comentario

Negaré cualquier matiz de esoterismo dado,
impávido, mas desembarazado de gratuito y fútil cinismo.

Son las horas que se juntan sin hacer barullo alguno,
se pierden en el murmullo de la sana desolación.

Son parodia, son canción,
y bailan porque no hay otra que tararear el futuro.

Acaso, yo me pregunto, la salvación es la meta¿?
o la  guía del asceta que hasta la puerta ha llegado¿?

Acaso el pomo empolvado es evidencia de antiguas derrotas¿?
O de magníficas victorias pírricas y de ganancias de las otras¿?

Es como perro que su cola muerde, la respuesta que tímida asoma,
desvarío, alucinación o efecto retardado de las drogas.

Como remedio casero que incuba daños laterales,
ahuyenta precoces males, con cultivar tiernas afugias

Negaré, firme, en todo caso, cualquier interpretación,
y también seré canción y subjuntivo futuro.

Fuma de ayer

Con los ojos vidriosos de la fuma de ayer, muy de madrugada, y sin haber dormido, se forma en mi memoria una silueta que te escribe una carta; en papel casero como en los días de asueto, cuando hacer papel casero y escribir cartas era lo que teníamos en común.

Primero en borrones, después cristalina, surge la grafía en el soporte blanco hueso con su forma de recuerdo, de reproche, de grito contenido. Con letra firme y clara dice que estoy solo; que extraño esas mañanas de café y panorama hasta la hora del almuerzo; que estos días presentes, con su aridez por bandera, son el precio que pago por algo que compré; que no sé muy bien de qué se trata, pero que lo averiguaré.

Las letras confundidas, atendiendo con desgano a su misión, se juntan en excusas de las más variadas tallas.  Son tiempos locos los nuestros, la economía es una farsa, los niños de África, puta Iglesia, abajo el sistema. Pintan las palabras paisajes desolados, habitados por máquinas, anuncio del novamás, pero siempre, o sea sin excepción, aparecen los colores desde un has de luz que sos vos; una luz de tanta claridad que lastima las retinas, mi sensibles retinas. Otra vez disculpas, que tan cursi, que no hay más qué hacer, que el amor, que el odio, que mejor así.

En ires y venires de pluma al tintero, porque hace un tiempo sólo escribo con pluma y tintero, el dibujo se completa desnudando silencios. Vence la claridad a la noche por completo hasta llegar al punto final; pausa suspensiva  papel doblado, sobre.  Mi silueta y sus manos temblorosas, otra pausa. Caminar dos pasos hacia la mesa de noche

Prendo el otro. Quemo la carta.

Soneto incompleto: Conectado y disponible

En las mañanas purga de misivas,
entrando el día juegos y lecturas,
y aunque tengás trabajo que te apura,
no faltarán los retos de inventiva.

Hora de almuerzo, va la pausa activa,
después a ver si el orden tiene cura,
para seguir disperso en la locura
de sortear la ola informativa.

Así de golpe el día se hace ruina,
y por pasar las horas conectado
tenés pendientes hasta en la cocina.

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El ejercicio, si quiere entrarle, es sencillo. Dejo tres partes y usted lo completa en los comentarios. O en su mente. O no.

:D

DE LO QUE SE HABLA

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