Balido

No dejemos ir la fuerza que de improviso asoma,
cubrámosla de rutina y de quehaceres cotidianos,
terrenos donde el humano cultiva sus aficiones.
Démonos a las canciones y al derroche de ilusión.

Un dí­a tal vez los colores saltarán del prisma extasiado,
pues de haber encontrado por azar nuevos matices,
irrumpe en las narices y hace de los tonos aromas,
para hacer de un azul dulzura y del rojo acidez benigna.

Juntemos puntas, costados y alas,
vamos de paseo a las cartas y robemos unas cuántas letras.
No como el pez sin aletas, ni como una pose mala.

Y es que la oveja bala y el gato adentro maúlla,
serán tuyas las blancas dudas y la esperanza borrosa,
una y otras amarradas con un lazo de esto que soy.

La técnica avestruz

Me dices que alguna vez percibiste cómo al contacto de tu piel con el agua de la piscina podí­a verse el vapor emanar de la superficie, mientras en el fondo, rubicunda y confundida, pensabas en un plan para evadir el resto de tus dí­as lo que acababas de descubrir. A propósito del clima. Eso lo dices mientras sonrí­es, y tus ojos parecen irse de paseo a ese tiempo en que imagino la misma figura, el mismo í­mpetu, la misma resolución en las palabras. Pasea en la memoria una frase de otra conversación: nadie cambia, solo nos hacemos menos animales.

Sigues, y cuentas que desde aquél tiempo supiste que tu relación con el mundo serí­a de huidas y escondrijos. Que aprendiste a descifrar la fórmula para evitar la confrontación. La técnica avestruz, apuntas con ese brillo en los ojos que produce el ingenio, al entrar en detalles previos a la anécdota que te ocupa. Todo esto en frente mí­o, al otro lado de la mesa gigante de un metro de ancho.

Que era un muchacho delgadito, hasta feo, pero que a ti te partí­a el corazón que no te mirara, que pasara de largo y ni se diera por enterado de que existí­as. Eso es muy duro cuando tenés 10 años. Aunque, ahora que lo piensas bien, lo que más te dolí­a era verlo juntándose con la negrita de la casa de al lado. Eso era una tortura. Bendita negrita. Otra sonrisa. La mirada viaja a las entrañas y se oscurece por un momento. La botella de cerveza está casi vací­a, pero llena de imágenes mi pizarra de cuestiones pendientes.

Era un verano. Coincidieron en un paseo con tus primos. La negrita, el flaco y tú. No sabí­as muy bien qué era lo que producí­a la suma de tantas sensaciones juntas. El niño que te poní­a inquieta estarí­a a unos cuantos metros de distancia por un dí­a entero. Desde que llegaron al balneario no hiciste más que buscarlo con la mirada. Siempre estaba con la negrita. Bendita tortura. Pido al mesero un par de cervezas más con un gesto sutil para no interrumpir tu paseo al recuerdo. Juegas con la etiqueta de la botella que recién llegó a la mesa, y sigues en tu historia, y yo en ella. Testigo de fe, cómplice por decisión. Bendita tortura.

Describes el traje de baño que estrenabas ese dí­a: piñas, naranjas y otras frutas tropicales. Rí­es estrepitosamente con la imagen de tu cuerpo recogido, lleno de ira, que espiaba la escena detrás de un árbol. La negrita, el flaco y un primo tuyo conversaban ruidosamente. Eran celos lo que sentí­as, mas no sabí­as qué eran los celos. Aun así­ recogiste fuerza y te encaminaste a ocupar la silla vací­a al lado de la pileta para unirte a la conversación. El cuerpo seguí­a incómodo y las sesanciones era cada vez menos conocidas.

Desarmo tu frase mentalmente aprovechando el corto silencio que la enmarca. Incomodidad. Sensaciones. Desconocidos. Bebo un trago de la botella y una gota cae sobre mi camisa, eso llama tu atención por un segundo, pero sigues acodada en tu memoria. Con emoción, después del bache oscuro, relatas el momento en que la negrita y tu primo tuvieron que acudir al llamado de algún adulto. Los nervios creciendo, el no saber qué es lo que se siente. Quedarse solos. Eso es muy duro cuando tenés diez años. Pienso en cuán difí­cil es emitir el primer fonema de un hilo confesional. Pienso en lo que era tener diez años y en lo lejos que estoy de eso, a pesar de lo que dice mi psicólogo.

Te sonrojas emulando la situación. Después de un largo silencio le dijiste algo que no tení­as premeditado. Tu primera palabra fue una sonrisa de esas. Esas. Luego, sin preámbulo, un reclamo. Que el por qué andaba con esa niña que no le convení­a, que se estaba desperdiciando, que tan bobo. Y así­ una perorata que adentro me produce estragos. Una pausa dramática antecede al final del recuerdo.

Me dices que al quedarte callada el negrito te miró fijamente, para que pusieras atención a lo que te dirí­a. Temblabas. Las frutas en el traje de baño parecí­an caerse de maduras. Abriste los ojos como sabes abrir los ojos para apoyar una sentencia: me gusta es usted, dijo, exclamas entusiasmada. Saboreas la emoción lejana, fantaseas con lo que fue. Un trago de cerveza y la cara iluminada que me mira esperando reacción. Y adivina lo que yo hice, me interpelas de forma retórica pues muy bien sabes que no tengo idea a dónde va la historia. Sin espera, cuentas que corriste a sumergirte en la piscina y nunca le hablaste más al bendito negrito. Que así­ fue tu primera historia de amor. La técnica avestruz.

Sonrí­es de nuevo. Mi corazón virginal, desprovisto de estos relatos, duda, baila, busca razones. La cerveza se acaba otra vez y el silencio se infla. Mientras esperas de mi parte el puente que de paso a que siga la conversación, en lo único que logro pensar para tranquilizarme es en que fue una buena decisión no haberte citado en ese bar de terraza que tiene una piscina al lado.

Cluecas

Las ves caminar intactas, sin mácula.
En épocas de colegial rompí­an básculas
mas determinación, ungüentos miles,
dietas, cardio y televisión,
sumado a cien pieles textiles
soportan, calmos, la ilusión.

Prolijas van con sus carteritas,
pulcras, invictas, perfumaditas.
Mezcla de alcohol y aromas frutales,
cubierta en polvo, tí­midos brí­os,
kit de valores elementales,
locuacidad que hace rí­os.

Van soñolientas, recién bañadas,
sin evidencia, apenas afectadas,
por las tantas noches de rutina,
acumuladas por libreto impuesto,
entre pantalla y cocina,
entre ideologí­as de repuesto.

No hay puente posible,
vil pasión por combustible,
satisfacción que es una venda,
avanzan triunfantes las gallinas,
hacen a tacón su senda,
otro decir son pamplinas.

Anacrónico Paisajista

Cómo conocer el lí­mite si llega el mareo antes que el borde que buscás. No hay camino posible. No hay combustible que alcance. Todo es intención. La determinación no arriba. Somos vací­o adornado a fuerza de ilusiones escondidas en rincones que evitamos visitar. Somos una farsa. Pollos farsantes.

Anacrónico paisajista que idolatrás a los delfines.
Anacrónico paisajista, cocinero paranóico.
Anacrónico paisajista con tus achaques de mohosa leontina.
Anacrónico paisajista sin más que tu terquedad.

No queda más que recoger las cartas y barajar de nuevo. Apuestas al centro.

Cuando fui turpial

Alguna vez quise ser un pájaro. Soñaba yo con ir alzado en vuelo sobre las ramas del patio inmenso que habí­a en la parte trasera de la casa de mis abuelos, y que daba justo a la calle principal del pueblo. Viajaba en el umbral de la hipnosis de los frutos del mango a la corteza raí­da del nogal que un dí­a fue el orgullo de mamá Ana. Sin apuros, sin destino. Dos alas para procurarme el fluir de la vida y un pico que me asegurase el equilibrio enzimático.

Muchas noches, en la conocida posición de expectativa que suponen dos ojos queriendo escapar hacia la luna a través de la ventana, mi humanidad se engañó a sí­ misma y voló a la copa del árbol que coronaba el patio. Desde allí­, altanero, gritaba mi conciencia cada sentimiento guardado entre las paredes construidas durante años por el rigor del ser social, pero cada grito formaba, al contacto con el aire, las ondas de un trinar. Iluso yo al pensar que el gorjeo era sonido ajeno al oí­do humano. Así­, desprevenido, liberaba mis verdades inacabadas al aire frí­o de esas noches de pueblo perdido en el olvido que empezaba al terminar la carretera de llegada a Los Rosales.

Como yo, en Los Rosales siempre hubo soñadores que se imaginaron emular el vuelo de una golondrina o un turpial. Porque en Los Rosales no hubo nunca nada más que golondrinas y turpiales; así­, nunca hubo nada más que imaginasen los soñadores. Cuestionable actitud aquella, que sólo podí­a comprenderse en la observación de la geografí­a del pueblo, rodeado de montañas a tal punto que el horizonte perecí­a en unas cortas 50 hectáreas en cualquier dirección.

Resultado de esa noche de euforia, de baile de onomatopeyas, de agitación de alas, vino una mañana de sol rotundo que golpeaba el cuerpo desnudo de quién aquí­ cuenta, extendido en mitad de la calle; esa principal que atravesaba las ocho manzanas que contaba el caserí­o.

Al abrir los ojos, atacados por el astro fulgurante que despuntaba al oriente con mayor fuerza que de costumbre, me encontré observado por un tumulto disperso que se alineaba a lado y lado de la calle, murmurando entre ellos historias de un loco que habí­a aterrorizado al pueblo entero la noche anterior en una inusitada correrí­a acompañada de improperios hacia el dios de sus cielos y los hombres de esta tierra.

Confeccionista de alegrí­as

Hay una niña vecina que suele llegar a mi casa y preguntar si está la señora que «alegra» la ropa. Mi madre es modista, y yo le digo que sí­ a esta niña con una sonrisa cada vez que sucede lo que cuento. No es pertinente corregirla. Antes que pensar en que la niña se equivoca, y que está en ese proceso por el que pasamos todos, y en el que algunos nos quedamos por siempre, de aprender a juntar unas sí­labas con otras para intentar dar forma verbal a lo que pensamos y sentimos, me paso al bando de ella.

Esta niña ha traí­do a mí­ una figura que me llena de regocijo y de orgullo: mi madre se ha dedicado unos 30 años de su vida a alegrar el atuendo de muchas personas, incluido quien aquí­ escribe.

Armada de hilos, agujas, botones y su habilidad acumulada, Doña Eunice, mi madre, ha sabido interpretar los gustos de tantas y tantas señoras, niños, niñas y señores también, que dejan un fútil rastro hecho de números en las hojas de su cuaderno de medidas. Ese cuaderno, en este escenario, viene siendo el registro de fórmulas matemáticas para confeccionar la alegrí­a de muchos.

Alegrí­a con vida útil. Hecha a medida, cortada al molde, al gusto del cliente.

Es que quién no se ha sentido bien por el sólo hecho de vestir una prenda que cree muy personal, muy del gusto propio¿? Aun si somos de la idea de que la apariencia no importa, en algún momento de esta nuestra vida hemos de haber tenido un vestido favorito, una camisa de la suerte o un pantalón preferido por comodidad. A eso me refiero.

A diario busco rendirle homenaje a Doña Eunice, mi madre, entregándole mi confianza, el testimonio de mi orgullo por ser su hijo. Hoy, como asunto azaroso, la repetición de la escena con la niña vecina, ha traí­do a mí­ un aire de motivación rotunda por ser descendiente de una confeccionista de alegrí­as.

Gracias madre.

Alberto Montt

Desde su infancia en Ecuador, el chileno Alberto Montt, responsable de Dosis Diarias, uno de los blogs de humor gráfico más importantes de iberoamérica, ha estado pegado al lápiz y ha hecho de él su arma principal para la batalla cotidiana.

Oveja Negra. Ilustración, cortesí­a de Alberto Montt

En su camino ha recibido reconocimientos como el Tercer Premio en el Primer Concurso Nacional de Ilustración Infantil en Ecuador, donde adelantó estudios en Artes Plásticas y Diseño Gráfico, que lo llevarí­an luego a conformar el Colectivo Siete Rayas, acompañado por otros seis artistas.

Junto a la comunicadora austral Claudia Vega publicó en su paí­s el libro Para ver y no creer, y recientemente ha dado al mundo las obras Parafilias y Recetas al pie de la letra, donde expone su talento para la ilustración, así­ como lo ha hecho en publicaciones periódicas como El Mercurio, y varias revistas como Capital, Qué pasa, Fibra, Blank y El Malpensante.

En la actualidad su tiempo se divide entre proyectos propios como Dosis Diarias, del que ya publicó dos selecciones en papel, y la atención de clientes externos a los que ofrece su ya reconocido sello estético.

Hoy, desde Chile, Alberto Montt hace una pausa en sus trazos y comparte algunas de las visiones del mundo en el que vive.

¿Desde cuándo dibujás?

Desde pequeño mi viejo me llevaba revistas para que me divirtiera dibujando. Viví­amos en el campo, así­ que de televisión nada. Desde entonces dibujo.

¿Siempre estuviste convencido de que ibas a vivir de la ilustración?

No, en realidad nunca me imaginé que se podí­a hacer. Yo estudié diseño gráfico y se me hací­a más fácil resolver los pedidos con dibujos.  Ahí­ pensé que era una posibilidad. Dibujar siempre fue una parte de mi vida.

¿Cuál fue el aporte de la academia a la pasión que tení­as desde niño?

Me es difí­cil distinguir entre esos aportes y los que me dieron, por ejemplo, leer Quino hasta el hartazgo, o divertirme copiando Condorito. Yo creo que hay un aporte, pero me es muy difí­cil señalarlo con claridad.

¿Cómo ser independiente sin vivir «in-the-pendiente«?

Es complicado. Pero si te pones a pensar, en el área de la gráfica, uno siempre está colgando de un hilo, aún cuando trabajes para una agencia, las cosas no son seguras.

Desde esa perspectiva, ser independiente es una opción válida. Además, con lo que te explotan en una agencia, puedes invertir ese tiempo en generar proyectos que a la larga pueden llegar a ser más rentables o más satisfactorios.

¿Cómo es tu relación con los clientes? ¿Preferí­s tus proyectos?

Depende. En un principio uno tiene que agarrar lo que salga, no es un mercado fácil. Ahora ya puedo regodearme y decir que no a lo que no me interesa y punto. Entonces los proyectos, en general, resultan motivantes, pero siempre habrán cosas que a uno le causen dolores de cabeza y desgano.

¿Qué papel ha desempeñado la Internet en tu proceso?

Básico. Desde varios puntos de vista. Primero, el hecho de tener tanta información disponible es una locura. Soy de los que no tení­an la web desde niños, así­ que sé lo que es buscar información sin ella. Por otro lado, es una plataforma o mejor dicho vitrina, increí­ble. Sin fronteras la cosa cambia, no sólo por el hecho de poder mostrarse, sino porque al tener un espacio, sirve también como motivadora.

¿De dónde nace la inclinación por el bien y el mal como tema recurrente?

Desde pequeño me preguntaba ¿por qué para algunos algo puede estar bien siendo que para otros está tan mal? Desde entonces me choca mucho la concepción de que el bien y el mal son nociones inmóviles o parte de un orden superior, cuando para mí­ son puramente socio-culturales. Entonces las Dosis Diarias me sirven para jugar con esa visión. En general, las dosis juegan con eso, la dualidad y las percepciones… digo, dentro de lo idiotas que son las viñetas esas.

¿Cuáles son los materiales que usás regularmente en tu trabajo?

Dibujo a tinta y luego coloreo todo digitalmente. Es que no podrí­a hacerlo de otra forma. Los tiempos con los que debo trabajar no me harí­an posible agarrar pinceles, acrí­licos y tintas, que son los materiales con los que originalmente ilustro.

¿Cuáles son tus principales referentes?

Son miles, y es que van desde la gráfica hasta la comida… Quino es dios, Larson también. Pero están Dick Brown, Uderzo, Les Luthiers, George Carlin, Liniers, Fontanarrosa, Pepo…. puedo seguir por horas. Pienso que uno vomita lo que consume, y uno esta constantemente consumiendo.

Te gusta llevar la contraria ¿Sos una oveja Negra?

No. Me gustarí­a, pero creo que no doy la talla.

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31 cosas que me hacen sonreir

Me gusta reirme, procuro hacerlo tanto cuanto puedo. Pero hay ciertas cosas que me hacen reí­r sin aspavientos, con una sonrisa leve, que me refresca y pone mi mente en lí­nea con la actitud positiva que pretendo sostener frente a la vida.
Ahora me voy a dar a la tarea de elegir 31 de esas cosas que invitan a la sonrisa a que haga de las suyas en mi estado de ánimo:
  1. Los retruécanos.
  2. La alegrí­a de un amigo.
  3. Las mañanas soleadas.
  4. Los cielos rojizos.
  5. Las burbujas de jabón.
  6. El doble sentido.
  7. Las bombitas plásticas esas de los empaques que explotan al presionarlas.
  8. El Chavo del Ocho.
  9. Las sonrisas contagiosas.
  10. Twitter y sus twonterí­as.
  11. Un comentario en el blog.
  12. El aroma del café.
  13. Mi madre y su sentido del humor.
  14. Los recuerdos bonitos.
  15. La inocencia de los niños.
  16. La creatividad de los niños.
  17. Las rondas infantiles.
  18. El deber cumplido.
  19. Salir de una duda.
  20. La poesí­a de Quevedo.
  21. Las comedias románticas.
  22. Los web comics.
  23. Las figuras que uno imagina ver en las nubes.
  24. Un gol bien logrado.
  25. El buen fútbol, claro está.
  26. Las parejas de enamorados.
  27. Las fotos cotidianas.
  28. Algunos errores ortográficos.
  29. Los chistes que recuerdo de repente.
  30. Las ocurrencias que sólo yo entiendo.
  31. Hacer listas de cosas chéveres.

😀

Lágrimas de cebolla

Fama tienen las cebollas de provocar el llanto. Les tildan por esto de malvadas y poco sensibles sus compañeras leguminosas. Los tomates, por su parte, de duros e intransigentes se les califica a ratos. Se dice con frecuencia que son difí­ciles de digerir. Sin embargo, ambos, juntos, se la llevan muy bien. Aunque este sea el caso del llanto de una cebolla y del destino de una historia que no se ha relatado aún.

Cuenta el cuento que me contaron que un dí­a una de estas cebollas, de cachetes colorados, como el resto de su cuerpo, se hubo enamorado sin retorno de un no menos rubicundo tomate de riñón. Bajo su verde sombrero, el objeto de la pasión de aquella hortaliza hija de una perecida aliácea, escondí­a de igual forma una pasión sin par.

Viví­an ambos muertos de frí­o en la puerta de una nevera. Separados viví­an el uno del otro sin poder encontrar momento propicio para la sana confesión. La cebolla, sentí­a que cada capa de su cuerpo se endurecí­a con el paso del tiempo, mientras llegaban las arrugas a la piel de su tomate amado.

Cuando se hací­a la luz en el refrigerador/comarca pensaban ambos en que habí­a llegado el momento de su separación. Suspiraban descansados cuando lechuga o remolacha eran las elegidas para salir a ese festí­n del que difí­cilmente regresaban completas. Habí­an visto ya volver con medio cuerpo amputado a varias de sus compañeras. Cebolla y tomate esperaban su turno.

Cierto dí­a, de estos dí­as inciertos, se abrió la puerta del frigorí­fico y con la rapidez de una acción repetida, el tomate fue sacado de intempestiva forma del campo visual de la cebolla enamorada. Era el fin. Al cerrarse la puerta el suspiro se hizo llanto y la esperanza desconsuelo. No habrí­a opción. Se iba, con el apagarse del pequeño bombillo interno del aparato, la oportunidad de al menos confesar los vedados sentimientos.

Mientras llanto y frí­o atacaban a la desolada cebolla, de nuevo se abrió la puerta y el bombillo alumbró a la par. Una mano delgada se le acercó para llevarla lejos de allí­, lejos de su desolación. En un corto viaje hubo llegado a la mesa, donde reposaban ya los restos de aquél tomate que en su vida y en silencio amó. El lloriqueo mudo se apagó de inmediato ante la desazón. La cebolla abandonó su cuerpo y se hizo llanto en los ojos del verdugo.

Picada en pequeños trozos fue a dar al sartén junto con sus lágrimas del tiempo previo acumuladas entre sus pieles varias. Por cerca de 3 ó 4 o todos los minutos, chispeó entre el aceite caliente dejándose ir sin mayores pretensiones. Ya lo que pudo ser no fue, se decí­a resignada. Pero no contó con el plan del dí­a, y mucho menos con que hecho pedazos, vendrí­a luego el tomate a unirse con ella en un guiso magní­fico.