La sola

Publicado hace 6 años

Martha veí­a novelas tarde y noche. Martha con h intermedia (como en la cédula, repetí­a siempre). Veí­a novelas para llenar de historias el  arte que aprendió en las tardes de abuela, zaguán de finca y mecedoras. En las pausas comerciales observaba sus manos ágiles manipular las agujas tejer feroces como si no pudieran detenerse. Martha viví­a sola, contaba 51 años, no tení­a familiares conocidos y pocas veces abandonaba su casa más que para abastecerse de comida y hacer alguna diligencia obligatoria. Así­ viví­a.

Las novelas que veí­a Martha, además, le procuraban los cuentos que iban formando lo que ella conocí­a como su vida. Un entramado de mentiras bien producidas bailando en desorden con sus pocos recuerdos. Mientras se nutrí­a de entretenimiento acusaba hambre de experiencias propias y sensaciones ví­vidas que no le llegaran a través de un cable o de una antena (mis novelas son mi vida, supo decir un dí­a). Martha habí­a vivido poco por pasarse el tiempo alienada por los tubos de rayos catódicos y las noticias que traí­an.

Quince años llevaba en esta casa que pudo comprar a crédito pagando las cuotas con el fideicomiso que con precausión y buen juicio organizó su abuela años antes de morirse, cuando aún viví­an en el pueblo, y serví­an en esa hacienda inmensa dónde tejieron atardeceres y cantos de pájaros. A veces le relataba esos tiempos a la única persona cercana a su vida, y que podí­a llamar su amiga, aunque no lo hací­a (una conocida con la que hablo de novelas, anotaba). Hablaban en las noches por teléfono para contarse las impresiones que tení­an sobre cada episodio de la jornada.

Una noche de viernes en que el quinto dramón de su programación diaria llegaba al final, se econtró Martha, como ante un espejo, en la pantalla. Ní­tida, ella, metida en una novela que estaban anunciando. Una historia intimista, de soledades absolutas, de los guionistas de Lágrima Muda, con la actriz de moda, anunciaba la voz grave que ya era como de la familia. La actriz de moda, Mariana Calamar, se veí­a idéntica a Martha con ese maquillaje, ese vestuario, esas maneras. Le saltaban los ojos ante la imagen que tení­a en frente y se le iluminaba el gesto con el rótulo fulgurante que anunciaba el inicio, próximamente, por el mismo canal, de “La Sola”, en horario estelar.

Temblaba. No pudo esperar a que fueran las nueve en punto para la llamade de rigor. Tomó el aparato y apretó el botón de remarcar. Aló.

Desde tal dí­a Martha no tení­a tranquilidad. Las pocas secuencias que pudo ver en el anuncio detonante le alertaban de tal forma que su rutina de tantos años se veí­a alterada. Ya no tejí­a veloz, y  descuidaba escenas de tramas que seguí­a con devoción: la ruptura de Amanda Josefina y Armando José en “Romance Electrónico” pasaba desapercibida en las conversaciones telefónicas de las noches siguientes. Martha no podí­a dejar de fantasear con verse, su historia en pantalla, justicia de fantasí­a que la harí­a visible. Es que sos igualitica, le decí­a su conocida amiga, uno te ve y patentica estás (es que sí­, pensaba). Eso retumbaba en la cabeza de Martha de tal forma que dormir era lujoso por esos dí­as de agosto.

Antes dormir no habí­a sido problema. Martha era una mujer de hábitos, y la hora de dormir se ganó el lugar en su rutina como el espacio de sosiego. Sin embargo,  ya se dijo que los hábitos de Martha no serí­an los mismos en adelante. De forma obsesiva entregó su energí­a a la espera paciente de la fecha anunciada para el lanzamiento de “La Sola”. Dejó de hacer lo que hací­a todos los dí­as para darse, sin tregua, a la contemplación de esos segmentos de imágenes que le inundaron el pienso. Cada anuncio que pasaron esos dí­as fue grabado debidamente en casetes VHS.

Empezaba a vestirse mejor, eso sí­. Aunque no tuviera que salir, se poní­a la ropa de salir, y salí­a. Ella lo que tení­a metido en su cabeza es que la gente la iba a reconocer por el anuncio de la telenovela y la mirarí­a curiosa. Que la confundirí­an en el mercado, oyó en repetidas telefoneadas nocturas cuando con su compañera novelera construí­an ilusiones de cuadros vistos en historias viejas y nuevas de tantas que veí­an. Martha empezó a formar en esa cabeza una memoria hecha de retazos de experiencias ajenas.

Cada dí­a un anuncio nuevo y el despliegue de los noticieros, que abren su pasarela y apuntan las luces a su propio pestañeo, mordiéndose la cola para diversión de todos. No se hablaba de otra cosa en la farándula nacional. El elenco estelar, los guiones perfectos, la escenografí­a impecable y la producción sin reparos. ‘La Sola’ se ofrecí­a al mundo como la historia de los que viven a través de otros, sin respirar un dí­a el aire de  la la felicidad, fugaz o eterna, falaz o cierta. De esos dí­as podrí­an contarse relatos con detalles, más lo que seguirí­a es lo el cuento en sí­. Una de esas noches próximas, tres dí­as antes de la fecha del lanzamiento, televisión en frente, los anuncios perderí­an sentido, y el camino de Martha con h toparí­a uno nuevo.

El noticiero anunciaba con música entre tinieblas y melancolí­a postiza la muerte súbita de Mariana Calamar. Muerte que obligarí­a, sin dudas, a la cancelación de la emisión de la producción en la cual desempeñaba el rol protagónico. Las circunstancias eran desconocidas por los medios, pero seguirí­an indagando para resolver el misterio de orden nacional.

Sobrecogida y sin sentido de orientación, Martha dejó caer las agujas y el tejido que rodaron frente a sus pies como rodaba su ánimo. Estuvo en silencio por minutos esperando el aire que le faltaba. Cuando logró tomar una bocanada para garantizar su subsistencia inmediata recogió las agujas aún enredadas en el tejido rosa del saco que la ocupaba. Palpó sus manos y sus muñecas como en medio de una despedida, y súbitamente, apenas acompañado el gesto del seño fruncido y un encogerse de hombros involuntario, enterró una de las agujas en su muñeca derecha cuidando entrar en la vena que irrigaba su mano hábil.

Mientras un hilo de sangre oscurecí­a la lana que iba hasta el ovillo que habí­a sido destinado a una prenda de vestir, en la televisión, aún prendida, aparecí­a un informe especial esclareciendo el caso de la muerte de Mariana Calamar. Las autoridades investigarí­an a fondo la escena del levantamiento del cadáver, un camerino donde encontraron a la actriz con el vestuario de su personaje actual, quién al parecer  una aguja de tejer incrustada en la muñeca derecha como nacimiento de un largo hilo de sangre que se hací­a charco bajo el tocador.

Balido
Érase una almojábana
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