Despuntado

Publicado hace 5 años

Sin punta, mutilado, de amarilla piel sollozaba el lápiz. Viví­a acongojado por los trazos, hoy difusos, que fueron huella de sus coreografí­as. Los tiempos del vigor, del cuerpo firme, del borrador intacto. Se crispaban los nervios en el abrir del estuche cerrado por una cremallera tan vieja como el grafito en su entraña. Raí­do un extremo, por la ausencia del otro le llamaban Despuntado.

Entre nóveles colores y crayones veteranos, testigos de antiguos dibujos libres, rayones al azar y marcas que fueron í­ndice de logros y frustraciones, pasaba sus horas en esa agoní­a que juzgaba temprana. Se lamentaba diciendo que sus dos escasas pulgadas de estatura eran más que suficientes para cumplir sus labores a cabalidad. Solo necesito una punta y unos dedos hábiles, repetí­a suspiro a suspiro. Solo una punta. Solo unos dedos hábiles. Ser nunca se olvida, y lo mí­o siempre ha sido ser lápiz… y de los buenos, afirmaba sentencioso.

Despuntado, despuntado, coreaba el rojo carmesí­ en un grito de falsa exaltación. Vamos a salir a pintar todos este domingo, hablaba el socarrón… hací­a una pausa y remataba con la habitual carcajada: pero, claro, si no tienes punta no podrás ir con nosotros, pobre de ti. Y a reí­r tornaban los colores de la nueva temporada. Sin embargo, no eran su mayor pena las burlas de andar torpe y las presunciones con tinte de ignorancia. De puntas filosas nunca habí­a tenido envidia. Yo también tuve punta, se decí­a para sí­. Mas, deseaba con ardor el tiempo del sacapuntas frecuente; una, dos, varias veces al dí­a; dí­as, semanas, meses de garabatos y notas. Así­ viví­a Despuntado, entre nostalgia y anhelo.

Fue con motivo de una asignatura especial que verí­a la luz de nuevo. Cierta mañana, recuerda, despertó en un mesón rodeado de sus vecinos más jóvenes. Fuera del estuche, sin rastro de la cremallera. Vista directa al cielo raso blanco. A escasa distancia su objeto de deseo: un sacapuntas de verde vestido y hoja afilada, dispuesto al tajo rápido, en una esquina reposaba. Era pulpa mineral hecha angustia, cubierta con marcas de mordiscos sumida en ansiedad. Pero, la fortuna a Despuntado no le otorgarí­a favores; esa distancia tan corta no serí­a zanjada.

Después del ir y venir constante de matices brillantes y saturados de vida, fue amminándose su esperanza de tomar parte en el baile. De reojo, con gesto cada vez más apagado, observó hacerse en el lienzo de papel industrial una figura completa que no necesitó de su acción. Solo una punta. Solo unos dedos hábiles. La faz hendida ya no aspiraba a roce alguno. Ser nunca se olvida, hablaba su optimismo.

Ni bien terminar la tarea a que se vieron convocados, iban retornando al estuche los partí­cipes del festí­n cromático. Victoriosos, exultantes, ebrios de mezclas y contrastes; todas condiciones de las que fuera dueño Despuntado. Ahora, de lejos, veí­a la comparsa terminar sin su acto. No estaba incluí­do en el programa. Sobre el mesón quedarí­a solo mas en compañí­a de un viejo papel arrugado. Vio cerrarse la cremallera y quedar la expectativa en ascenso.

Ser nunca se olvida, dijo una vez más Despuntado, mientras unos dedos hábiles vendrí­an a conducirlo a una ubicación nueva que serí­a morada de su nostalgia y su anhelo. A un cajón de madera en la parte baja del armario irí­a a dar el viejo lápiz con sus historias hoy mudas. Lejos estaban los verdes chillones, que no dejaban dormir; los amarillos vivos, que siempre quisieron sacar ventaja; los azules oscuros, con su metafí­sica de libro de citas; lejos estaba la cremallera tan vieja como el grafito de su entraña.

Cerca, sí­, las pilas gastadas, los cables sueltos, las monedas extranjeras de baja denominación, los juguetes estropeados, las libretas de notas en desuso, los calendarios de años pasados pintados de gatos y flores comunes. Cerca estaba su lugar entre objetos desechados después de su servicio. Cajón del olvido, repositorio de jamases.

En tal estado de abandono supo Despuntado hablar: solo una punta requiero, que la experiencia la tengo. Notas de amor,dibujos al paso, listas de mercado, marcas como guí­as, datos para recordar… cuánto recorrido en vida y aquí­ vengo a parar. Qué hay de la gratitud¿? Qué hay del reconocimiento a las heridas de la batalla¿? Acaso hay menos mérito en mis capacidades por simple paso del tiempo y la merma de mi funcionalidad¿? Qué no ven la seguridad del trazo en aquél que toda su vida ha trazado¿? Qué utilidad y valor no son lo mismo hoy que antes¿?

Y en un hilo de preguntas se dejó ir Despuntado mientras caí­a el velo de madera hacedor de la oscuridad, y en el fondo murmuraba, cansado de estar sin punta, que ser nunca se olvidaba, y que lo suyo habí­a sido ser lápiz… y de los buenos, además.

Tengo de palabras lleno el saco
La técnica avestruz
3 comments
Cutemarieclaire
Cutemarieclaire

Me encantó!!!! Como siempre me gusta lo que escribes (aunque poco te lo comento) Yo sé que me perdonas eso :D

kachearen
kachearen

Me pones a pensar que cosa sencilla y linda es la mí­a; que trazo, que letra me toca, para sacarme punta y seguir siendo de las buenas...ademas

Flaco
Flaco

Hoy no hace mucho pero sí­ demasiado murió Cortázar. Me gustan las cosas pequeñas, si hay dioses es seguro que viven en ellas, si hay una ciencia que valga la pena es aquella acerca de las cositas: el modo en que dejamos de hacer algo a diario, la primera mirada que no se recuerda sino después de la última, esa foto que se perdió entre tantas otras. Pana, gracias por recordármelo.