La muerte de las mariposas

dead butterfly

Se han muerto las mariposas. Se presume, luego de las pesquisas post mortem, que cuatro de ellas se fueron agobiadas por el abandono; otras cinco, las restantes, abrasadas por el fuego emanado de la explosión repentina del volcán aledaño a su terruño.

Se han muerto las mariposas, pero nadie las ha visto morir. Han sido encontradas allí, reposando en los revolcones a los que han sido sometidas.  Sonríen aún estando inertes. Ausentes. Felices. De dónde vendrá la sonrisa de las mariposas¿? No hay respuesta. Sólo se les ve sonreír. Queda el vacío. El vacío del anhelo lejano, extraño e imposible; impasible también.

Se han muerto las mariposas, de repente, solitarias. Se supone una muerte lenta, de gritos y desparpajo; de desesperanza y desilusión. Su sonrisa genera la duda. Por qué sonríen las mariposas¿?

Si han muerto por qué sonríen¿? Estarán acaso seguras del eterno retorno¿? Del cíclico ser¿? De la fuerza de su energía vital¿? No será posible saberlo hasta conocer las razones que las llevaron a dejarse ir en el inhóspito río de llanto que se paseaba en frente suyo.

Finalmente han sucumbido al fuego de aquél volcán apasible que se observó siempre ahí, cerca, como testigo paciente de su lúbrico revoloteo.

Se han muerto las mariposas. Nadie las llora. Ellas aún ríen.

Reiremos con las mariposas¿?

[Fragmento de un texto abandonado hace seis años. Una pretendida novela que quiere volver a vivir.]