Ya quisiera yo-yo
Esta semana me compré un yo-yo. No es gran cosa, eso lo sé. Pero eso me puso a recordar viejos tiempos de tardes enteras atado a un juguetico de estos, de los que regalaba Coca-Cola, viéndolo dar vueltas hasta que me aburría de intentar piruetas sin éxito alguno. Cosas que había visto y que quería imitar; pero el talento me dio la espalda en cuanto al dominio de este revolucionado y enrollado artefacto.
Después de la nostalgia de pequeñas frustraciones infantiles caí en cuenta de que esta es otra época y que puedo acceder a información sobre todo cuanto quiera. Caí en cuenta de que, gracias a esta cosa que llaman Internet, podría encontrar el camino a la reanudación de mi carrera de yo-yista interrumpida en mi niñez, o al menos, retomar mi afición con algo de contexto. Al final de esto, también caí en cuenta de que me tocó quedarme con la afición contextualizada porque hay orientales muy avezados en el juego, y se me hace que su habilidad tuvo que ser cultivada desde que abrieron las manos.
Con una simple búsqueda obtuve resultados por millones que incluían a muchas estrellas del circuito yo-yístico. Nada que ver con los señores muy mexicanos que acompañan a Ron Damón en una exhibición de Yo-yo en aquel capítulo de El Chavo que casualmente me encontré en YouTube dividido en tres partes (1, 2 y 3). Las estrellas del circuito yo-yístico son por lo general imberbes japoneses, ligeros como plumas, con patrocinios, managers y otras cosas muy alejadas de esa inocencia de la vecindad. El circuito yo-yístico, al parecer, es ahora parte de una maquinaria publicitaria, como casi todo en estos tiempos.
Ya quisiera yo: tener siquiera uno de los seis campeonatos mundiales de Shinji Saito; ostentar la confianza de Koji Yokoyama para maniobrar dos yo-yos a la vez; poseer el control y el manejo de Hiroyuki Suzuki; o llegar, al menos, y me conformo con eso, a tener una vaga idea de cómo carajos se le cambia un rodamiento a un yo-yo; eso sí está un poco más cerca.
Si no tomo entonces una mejor actitud frente a esto, aquella frustración infantil podrá tornarse no más que en frustración de adulto. El punto es que me quieren hacer creer que ya pasó mi tiempo y mi sueño yo-yístico se destiñó. A estos tipos los entrenan desde pequeños y han crecido en un medio donde esto del Yo-yo va más allá de modas pasajeras y promociones temporales de marcas de refresco.
No me daré a la frustración. Diré mejor que voy a convertirme en yo-yista underground. Haré exhibiciones para públicos pequeños en escenarios espontáneos. Mantendré un grupo de fanáticos pequeño, pero fiel. Y cuando la fama cuaje, le daré la espalda a todo lo construido y me retiraré al instante. No me venderé al sistema y jugaré a la lógica difusa de la contracultura, intentando penetrar el sistema para atacarlo desde adentro.
Por lo pronto buscaré la forma de procurarme el Duncan Metal Zero Freehand del que me antojé para ponerme a entrenar. Y que se tenga fino el circuito yo-yístico porque ahí voy yo con mi sueño intacto.



